Lo bueno del verano es que hay Tour. De hecho creo que lo bueno de la vida –parte de ello– es que hay Tour. Al extremo de no sé cómo historias soportaron vivir todos nuestros antepasados sin el Tour. O sin la promesa del Tour, que es, si me apuran, más importante que el Tour mismo: la idea de que va a haber un Tour. En la primera y la segunda guerra mundiales hubo ediciones que no se celebraron, pero la gente sabía que eso era algo temporal, que llegaría un día en que llegaría la paz o algo parecido y con ella el Tour.

Así entre guerras tuvieron a Lambot, a Bottechia, a Magne y después de la II a Bartali y a Coppi y a Koblet y a Anquetil y Bahamontes y hasta hoy. ¿Qué sería del mundo sin los Tours ganados por esa gente, sin toda esa épica? Sería un sitio peor. El mundo es peor sin Pogacar, el mundo es peor sin Vingegaard, por mucho que su estilo de correr sea criticado por muchos, el mundo es más triste sin toda esa parafernalia loca y los sprints, los Pirineos, los Alpes y, como digo, la propia expectativa de que, aunque luego la carrera puede ser mejor o peor, estamos ante el mayor acontecimiento deportivo del verano y, sin duda, de la segunda mitad de cada año. Bien, cada 4 años hay Mundial de Fútbol y Juegos Olímpicos, correcto, pero es una vez cada 4 años.

El Tour siempre está ahí. La certeza de que una tarde tórrida de julio, del año que sea, vas a encender la televisión y te vas a encontrar con una fuga de 12 o una crono o un cara a cara en algún puerto al 9%. Recuerdo el del 86, el del 96 –cómo olvidarlo–, el de 2006, el de 2016, seguro que en unos años recordaré el de 2026, quien sabe si por la confirmación de Seixas como nueva estrella del futuro, quien sabe si como el año en que Pogacar igualó a Anquetil, Hinault e Indurain o el año en que Vingegaard hizo frente al mayor talento conocido desde Merckx. Quedan seis días. Buen Tour. Mejor verano. Salud.