Este domingo la tragedia cruzó la calle Navarrería. Lo que era una tarde normal de fin de semana, con la calle llena de gente en el Casco Viejo, se rompió cuando un camión de recogida de vidrio perdió el control y atropelló a varias personas. El suceso nos ha dejado a todos con el estómago encogido: una mujer fallecida, administrativa de un colegio, y varias jóvenes heridas que continúan en la UCI.

Pamplona ha vivido su propio terremoto este fin de semana, un golpe directo en nuestra rutina que nos hace mirar de frente a una certeza que muchas veces solemos esquivar: la absoluta fragilidad humana. os hechos reflejan una tragedia marcada por la fatalidad. Un servicio rutinario. El camión de recogida que trabaja para la Mancomunidad haciendo el turno de tarde del puerta a puerta por los bares para retirar los cubos. Tres trabajadores. Un conductor experimentado y un vehículo en regla. El chófer se baja un momento para ayudar a sus compañeros y, por causas que aún se desconocen, el vehículo pierde el control y enfila la cuesta abajo. Encoge el alma imaginar ese intento desesperado e inútil del conductor por tratar de montarse en la cabina para frenarlo, frustrado porque el vehículo ya iba pegado a la pared del edificio del flanco izquierdo. Hizo lo que hubiera hecho cualquiera: intentarlo todo hasta que fue físicamente imposible. El resto de la historia ya lo conocemos y es un silencio denso que todavía flota hoy en la ciudad. Me lo resumía a la perfección Edu, un amigo que estaba a apenas cincuenta metros en el momento del accidente: “Me fui a casa del vermú a media tarde, no tenía ganas de nada. Podía haber sido una masacre. La calle estaba llena”.

Ese “no tener ganas de nada” es el luto de Iruña. No somos conscientes de lo fina que es la línea que nos sostiene hasta que somos testigos de algo así. Podíamos haber sido cualquiera de nosotras. Hoy somos una ciudad asustada que tiene la mirada puesta en el hospital, esperando que las mujeres que continúan en la UCI salgan adelante.