la carta del día

Incertidumbres de un mundo en cambio

11.03.2021 | 00:16
Incertidumbres de un mundo en cambio

Hoy el narcisismo político se burla de Némesis y de la trampa de las doradas aguas. Hoy el narcisismo político, lejos de morir, busca su reflejo en los espejos que en forma de paquetes ideológicos regala a los ciudadanos, nutriéndose de la aquiescencia de estos. Hoy nuestra izquierda se instala en la burguesía y arremete contra ella en un alarde de cinismo propio de ser registrado en el Guinness. En Europa ya llueve todos los días, con una grisura que no despeja para mostrarnos un sol esperanzador. Una juventud entristecida, en barbecho laboral, intenta encontrar un conciliábulo entre la realidad y los sueños; sumergidos en la filosofía del tedio, que actúa en el alma como la carcoma; con las alas enviscadas por la desesperanza, desarrollando vidas vicarias y asintóticas, soñando con El Dorado de extrañas lejanías, convirtiéndose en coleccionistas de sueños bajo el paraguas lingüístico de la resiliencia. Es difícil refutar esto mientras la cegadora fiesta del consumo, a la que no están invitados, les hace sentir su devaluación social, buscando consuelo en las vaguedades preoníricas de cada noche que actúan como ansiolíticos. Es notoria, en política, la carencia de humildad como fuente de prudencia y sabiduría; hay más palabreo que decencia. La nueva filosofía populista y pragmática viene enfundada en un manto de paternalismo buenista. La identidad testicular de la política española es tan patente como vergonzosa y cainita, siempre arropada con una pátina de mugre dialéctica. La pandemia, camisa de fuerza, actúa como germen del individualismo, con un cierto grado anestésico e involucionista. Se reducen las tertulias, aumenta el número de mascotas y las burbujas del individualismo crean desconexión social. Vemos más hermosa la soledad, donde siempre encontramos, como ya se dijo, lo que llevamos a ella. Estamos en una sociedad que camina desorientada por los senderos de la mentira, desglosada en el simplismo de progresistas y paletos arcaicos, con un gobierno que se nos ofrece como la probidad personificada, con toda su virtuosa sinonimia, sin que logre hacernos migrar hacia las playas esperanzadoras de un hermoso y solidario futuro. En nuestro pasear, esa pacífica aventura de huida melancólica, vemos cómo se propaga la mendicidad, y para que no se nos desmanden los sentimientos, impostamos fe en las instituciones, sin meternos en la piel del indigente ni en la magnitud de su drama. Europa, ese cuadrilátero desconcertado, tan solo pretende cubrirse el rostro ante un enemigo que va más deprisa que la vida. Es fácil naufragar en tiempos inquietantes como los que vivimos. El nepotismo del pasado ha sido sustituido por nuevas y sofisticadas formas más difíciles de desentrañar; el dinero adora los lugares sombríos de optimización u opacidad fiscal. Al igual que Cronos, las grandes cadenas comerciales, nacidas del capitalismo, devoran como nutriente al pequeño comercio. La educación sentimental y humanista toma otros derroteros en cuyo horizonte intuimos mayor asepsia y frialdad. Nuestra democracia liberal tiene seísmos que intentan deslegitimarla, en cuyo epicentro la política juega con enorme imprudencia al intercambio de cromos, implicando en el juego incluso a su mayor activo: el castellano. La clase docente de este país se resigna a vivir con la frustración que produce la imposibilidad de ejercer su función educativa en plenitud. Tiempos ignaros, en los que el nivel cultural es tal que a un escritor de la talla de Francisco Umbral, lo recuerda una mayoría por su frase de enfado en televisión: "He venido a hablar de mi libro"; solo una minoría ha leído su obra, en la que, como un delicado pétalo literario, nos dejó Mortal y rosa. Permítanme la ironía si les digo que, pese a todo, este gobierno ama la poesía, poniendo de actualidad los proverbios y cantares de Machado: "Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón".

El autor es empresario autónomo

Es notoria, en política, la carencia de humildad como fuente de prudencia y sabiduría; hay más palabreo que decencia

Europa, ese cuadrilátero desconcertado, tan solo pretende cubrirse el rostro ante un enemigo que va más deprisa que la vida