la carta del día

Una extraña seducción

11.05.2022 | 00:37
Una extraña seducción

este país está infectado de personas decentes. Pero los medios informativos dan la impresión que habitamos en la república de Menda Lerenda, un país donde el yo prima sobre el nosotros y la corrupción domina sobre la honradez. Si nos dejamos llevar, la conclusión que sacamos es que vivimos en un país de charanga y pandereta, donde el todo vale es la matriz informativa unidireccional que nos apoltrona y donde los programas de marujeo dominan los horarios vespertinos.

Debemos coger distancia y pensar, no mucho, solo un poco; mirar a nuestro alrededor y comprobar que la sociedad real es aquella que nos rodea, con sus más y sus menos, con dimes y diretes, pero muy alejada de la conclusión a la que nos aboca la información incorrecta, incompleta, malsana, perversa y dinástica que se empeñan día tras día en ofrecernos. Si hubiera una agrupación electoral de personas honradas, trabajadoras, leales y con ganas de practicar la solidaridad, de lejos conformarían gobierno; y con mayoría absoluta.

Pero tenemos dos hándicaps, interdependientes entre ellos; imposible considerar a uno desconsiderando al otro. En momentos electorales, unos ponen la cara y los otros el estadio deportivo. Se sobreexcitan por los colores, a veces de la patria chica, con frecuencia del club de sus amores. Postureo para exaltar a la muchedumbre.

Uno es la clase política, embrutecida y embrutecedora; se faltan al respeto insultándose con desparpajo, se lanzan saetas como picatostes en Semana Santa. Para ellos la traición se convierte en química romántica. Les gritamos en silencio, a todos, para pedirles que nos traten como adultos; la huida hacia delante como respuesta. No todos son iguales, pero sus actitudes se contagian como la peste y ello provoca demasiados desertores en la sociedad civil que (casi) considera la democracia como algo alejado de sus soluciones.

El otro es el deporte rey, conformado por guapos con dinero y comisionistas inconformistas que tienen a gala no tener profesión, ya que la misma no es propia de caballeros. Dado que el fútbol dejó hace años de ser deporte y abandonó los valores educativos, para que nadie sospeche que son parias sociales, aunque se comporten como dioses sin religión a quienes la humanidad les humilla, nos familiarizaron con el pantalón roto de aspecto andrajoso, y seguro implantarán de nuevo el retorno de los pantalones de campana. Marcan tendencia y ya se sabe que cualquier imbecilidad tiene entusiastas seguidores, incluso la del escupitajo; ¡que arte!

En las similitudes, ambos se consideran émulos de Don Corleone y partidarios de que la recompensa está en el resultado, no en el esfuerzo. La hemiplejia moral les inhabilita para distinguir entre el bien y el mal, es discriminatorio y ellos son demócratas de alcurnia, hijos y nietos de demócratas.

Las diferencias estriban en la respuesta social y mediática a sus desvergüenzas. A los políticos se les despacha rápidamente con un "son todos iguales" y "no miran más que por ellos"; los periodistas les persiguen cual farándula con preguntas hirientes. Lo importante es la pregunta, no la respuesta, pues el veredicto ya está dictado de antemano.

Por contra, ante desmanes similares en el hecho en sí y en el beneficio obtenido, los periodistas preguntan a quien no tiene un pelo de tonto, con respeto; en una mesa con mantel y vaso de agua Vichy, con focos, con preguntas convenidas y justificando los desmanes cometidos sobre si es ético o solo estético. Incluso se admite y se manifiesta cuando algún jugador defrauda a Hacienda apoyando en redes: maquiavelismo amoral. El doble rasero mediático rasga las vestiduras a Juan de Mairena.

Ambos colectivos se necesitan entre ellos, pero sin que les fiscalicen. Como sociedad, necesitamos los primeros, no hay mejor alternativa y ya existen mecanismo de control social (votando), político o judicial. La duda surge si necesitamos los segundos. Y si concluimos que no hay otra alternativa, habrá que crear mecanismos de control social, político (subvenciones) y judicial que pongan limites a los desmanes cometidos. La indecencia está implantada en el marchamo del colectivo y ya se convierte en un miasma que todo lo ennegrece. Debiéramos exigir que, antes de cualquier evento, hubiera un brindis "por la decencia", nada más.

El autor es sociólogo

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