El arte está desapareciendo de la vida de la gente, no lo tienen como prioritario, ni tan siquiera como un entretenimiento. Todo se está volviendo consumo rápido, se sale solo para beber y comer, la socialización no se entiende aquí si no es en torno a una mesa o a un barril de terraza. Mientras, el artista desfallece, sin medios para poder sacar a la luz su creatividad, cada vez hay menos espacios para mostrar la obra, el ambiente se vuelve hostil, no se valora su labor y la motivación cae a niveles que provocan la desidia y el abandono.

A nadie parece importarle, las instituciones no reaccionan, los propios artistas se resignan y se encierran cada vez más en sí mismos o en pequeños círculos de artistas. No está sucediendo un relevo generacional, la juventud cada vez más lejana, cada vez menos interesada en el arte, si acaso cuando surge algún festival y si hay de por medio botellín para botellón.

¿Qué le pasa en realidad al arte contemporáneo, por qué desfallece?

En primer lugar, la enseñanza artística, las manualidades, ya no se programan, por lo que la mayoría de los centros educativos no las imparten. Con ello, se está perdiendo la creatividad, la ensoñación, el pensamiento crítico. Se prima la enseñanza dirigida a la formación para el empleo, no para la vida, y así, en tiempos tan cambiantes de destrucción de empleos y creación de otros nuevos, nunca acaban de estar ni preparadas para el empleo futuro, ni para la vida. Ese afán por primar la eficiencia, la eficacia, el utilitarismo y la exaltación de la tecnología como sustitutiva de la creatividad, no como medio de creación, nos apaga como sociedad, nos quita el alma y la calma.

En segundo lugar, porque no se vende, por lo tanto la supervivencia del artista pasa por compatibilizar con otras actividades laborales remuneradas. El propio artista se convierte así en su propio mecenas, ya que él/ella costea todo: investigación, creación, producción, exposición y distribución. Si partimos de una buena calidad artística, ¿por qué no se vende? Según el filósofo Byung-Chul Han, en su libro No cosas, hay una saturación de imágenes en internet, lo que hace que la obra artística se diluya en el océano digital, es una más cuando antes era algo único y especial. Por otro lado, nos señala Han, vivimos en la sociedad de la experiencia y comunicación: “Hoy queremos experimentar más que poseer, ser más que tener”. No queremos cosas. Nos explica que con la digitalización se desmaterializa el mundo, ya no se guardan cosas sino datos y experiencias. Las cosas nos detienen a observarlas, en cambio en lo digital reina lo efímero, lo volátil, todo es líquido y cambiante, rápido, no te puedes detener a contemplar porque tienes la sensación de que te estás perdiendo algo, lo siguiente. Por contra, el Arte requiere contemplación, pararse, detenerse a observar, a deleitarse en las formas, los colores, los sonidos, el lenguaje, etcétera, y esto va contra los vientos actuales.

Sin embargo, pese a que casi no se vende, sigue habiendo muchos artistas, más que nunca. ¿No es paradójico? Según Alberto Adsuara, en su libro Del arte y su obsolescencia escribe: “El arte, “por fin”, ya no existe. Aunque –por eso– haya más arte que nunca”. Nos dice también que el Arte ha llegado a su fin, no tanto porque cualquier cosa (producto) pudiera ser arte, que también, sino porque sus productos ahora se han diluido (era digital) en lo cotidiano, están al alcance de cualquiera y pierden el valor de lo sagrado, de objeto de culto, de admiración. Se llega a confundir de tal manera al público que al final no sabemos entender o distinguir “la diferencia real que existe entre un producto sagrado (señalado por el Arte) y uno profano (el de un colega o el suyo propio), y más aún si ambos se parecen tanto en su forma como en su contenido”. El espectador se pregunta atónito ¿cómo es posible que algo siendo una obra de arte, objetos exactamente iguales a ella no lo son?

En tercer lugar, como ya lo anunció hace ya 43 años Joseph Beuys “Todo ser humano es un artista”, y cada acción, una obra de arte. El arte, por fin, se ha democratizado. Hay arte y artistas por todos los lados, ya todos nos podemos considerar artistas. Antes los expertos decían quién era artista y quién no lo era, pero ahora, nos dice Adsuara, “¿qué usuario (más o menos nativo digital) va a aceptar que un supuesto experto le diga qué artista debe admirar?”.

El artista se ha caído de su pedestal y está empezando a tocar suelo. Estar a ras de tierra es duro, pasas desapercibido, eres uno, una más entre los demás, es la nueva realidad artística. Ya solo interesas a los de tu alrededor, el resto no te ve, y si te ve en internet, en una red social cualquiera, eres una imagen entre millones de opciones similares. Adsuara nos lo advierte “lo único que quedará para el coleccionista y para los museos será, precisamente, lo contrario de lo que el Arte ofrecía en la era del Arte: lo anecdótico”.