Una guerra… no la gana nadie; la pierde la humanidad.

El escritor francés Henri Barbuse, que estuvo movilizado como soldado en la Primera Guerra, vio tantos horrores que no pudo quedárselos para sí mismo y los contó en un libro titulado Le feu (El fuego, el de los fusiles y los cañones).

Ante tanta mortandad de seres humanos y tanta destrucción de ciudades (esto, sobre todo, en la Segunda) a tan astronómico costo para los erarios, y hambre y miseria para los que quedaban con vida, buscó una expresión que evidenciara diáfanamente la locura que supone cualquier guerra y fuera, además, un aldabonazo que devolviera el juicio a todos los contendientes, sobre todo a los provocadores y, según mi criterio, la halló formidable: “”Deux armées aux prises, c’est une grande armée que se suicide” (Dos ejércitos en lucha, un solo ejército que se suicida”. En efecto, quitémosles, aunque sólo sea imaginariamente, los uniformes y veremos, en toda su trágica evidencia, la espantosa y demencial locura que es una guerra, pues todos los pueblos de la tierra forman una sola humanidad.

Según mi criterio, el mayor responsable y culpable de una guerra es el provocador; el que con sus acciones de cerco disimulado con bases militares pone a otra nación entre la espada y la pared.

¿Hay ahora en la Tierra alguna nación que haya inundado con sus bases militares el planeta que nos sustenta?

Las fábricas de armas -armas que a la humanidad le cuesta muy caro diseñar y fabricar-tienen que dar salida a sus stocks y, para que eso pueda ser posible, tiene que haber guerras, causantes de tanto dolor, amargura, hambre y miseria para la humanidad que sobrevive, así que habrá que reorganizar un mundo sin fábricas de armas y sin guerras y, sobre todo, sin el poder y la influencia de una nación imperialista que, además, finge que no lo es, atribuyendo los males a otros.

¿Te imaginas -posible lector de estas líneas- las astronómicas cifras (años luz de dinero) de los gastos militares de, solamente, todas las guerras de los siglos XIX XX y XXI, dedicadas al bien, a la educación (alta para todos), a la belleza, a la restauración de todos los bosques de la península ibérica y sus pueblos, bosques generadores de lluvia, buen seguro contra las sequías?

Ahora recuerdo algo que parece que hemos olvidado: ¿Recuerda alguien que al pueblo ruso -que forma parte muy destacada de esta humanidad- le costó, entre muertos, mutilados e inválidos, 25 millones de hombres detener el fascismo hitleriano en Europa?

¿Recuerda alguien que de Rusia quisieron apoderarse: en el siglo XIII los caballeros teutones; en el XIX las tropas napoleónicas; y en el XX las nazi-hitlerianas?

¿Quién quiere ahora apoderarse de Rusia provocándole una guerra de desgaste en su propia frontera?

Escribo por una concordia mundial de todos los pueblos que forman la humanidad para que, en una gran amistad indestructible, dediquen todos sus recursos al bien de todos, se acaben todas las guerras que hay y no haya nunca ninguna más.