Jueves, 13 de julio. Sobre las 12 del mediodía. Avenida Carlos III, confluencia con la plaza Merindades. Muchas familias con niños pasean tranquilamente cuando, por sorpresa, son testigos de una escena casi de película: 8 agentes de la Policía Municipal persiguen a 3 peligrosísimos delincuentes. Furgonetas que se cruzan y aceleran, carreras, caídas… Impresionante espectáculo a cargo del erario público, sobran los mimos y las esculturas humanas.

El problema del párrafo anterior es que los 3 “peligrosísimos delincuentes” estaban siendo perseguidos por el execrable crimen de vender abanicos y gafas de sol.

Efectivamente, aquella intervención es -a mi juicio, por supuesto- un ejercicio de absoluta desproporcionalidad. No dudo de su legalidad, pero creo que puedo dudar de que haya mejores opciones. Por ejemplo, el paseo disuasorio que hace que estos mismos vendedores recojan a la carrera su mercancía. O, por ejemplo, la vigilancia de los mismos para, de un modo algo más discreto, proceder a la incautación del material. Y doy estas dos opciones por no extenderme más. Pero no: lo visto este jueves en Carlos III parecía una “cacería del subsahariano”, con perdón de la expresión, a cargo de la autoridad municipal. La imagen dada a locales y visitantes fue, sinceramente, lamentable.

Desconozco las directrices dadas por Cristina Ibarrola y sus responsables de Seguridad Ciudadana a esos agentes -que, no me cabe duda, sólo cumplían órdenes-; pero, dado el horario donde desarrollaron la acción de “seguridad ciudadana”, les deseo a todos ellos que no tengan que explicar a dos niños de 9 y 6 años, respectivamente, por qué la Policía perseguía a esos pobres chavales de raza negra como si fueran animales. Que no tengan que hablarles a niños de esa edad de que los jóvenes no tienen permisos para vender porque no tienen papeles. Que hay quien les considera, simplemente, personas “ilegales”… y un largo etcétera de respuestas a preguntas que a un padre le dejan, ciertamente, descompuesto ante la perspectiva del “fantástico” mundo que vamos a dejar a nuestros hijos.

Por cierto, señores responsables municipales, sí que tengo que agradecerles algo. Cuando la mercancía de estos jóvenes subsaharianos cayó al suelo, quien suscribe se agachó -lógicamente- a recogerla para entregársela de vuelta. Mi hijo preguntó si ayudarles a recoger 6 abanicos y varios monos de peluche era ilegal y si me podían multar. Y la respuesta que la situación me permitió darle al pequeño es lo que tengo que agradecer a quienes hubieran decidido semejante actuación policial.

No sé si me pueden multar o no, pero me da igual. Que vengan a decirme algo si tienen que hacerlo. Por encima de cualquier ley, debería estar la humanidad.

Mi hijo me miró y asintió. Ojalá saque algo positivo para su futuro de haber sido testigo de aquella mañana sanferminera de absoluta irracionalidad.