La maqueta presidía el despacho. Bajo la luz de flexos y lámparas, los edificios de tilo, yeso y arena dibujaban la avenida monumental del Berlín que debía gobernar el mundo.

-¿Sabe por qué Roma sigue dominando la historia?- pudo haber preguntado Adolf Hitler.

-Por sus ruinas- habría respondido Albert Speer, su arquitecto.

En 1934, Speer no solo diseñó la arquitectura del Tercer Reich, sino también sus ruinas. En política, el espacio también se negocia y, si no, se impone. Su despacho, de más de 400 metros cuadrados, obligaba a los visitantes a caminar hacia Hitler, marcando una distancia física y simbólica imposible de ignorar. Lo tenían claro.

Putin replicó esa lógica en 2022 con su mesa interminable frente a Macron. Trump la lleva hoy al extremo: un montaje en el que aparece reunido con dirigentes de la Unión Europea y un mapa donde Canadá, Groenlandia, Venezuela y Cuba parecen anexionadas a Estados Unidos, mientras él ocupa la mayor parte del espacio y el resto se diluye.

No importa si es falso o no. Importa que sea verosímil. El éxito en política consiste en ocupar cualquier espacio, por pequeño que sea. La batalla no es territorial, sino narrativa. Y lo más inquietante es que muchos medios se han hecho eco de esta imagen como si fuera verdad.

Hoy, más que nunca, el periodismo debería responder con ética y rigor. Porque cuando la propaganda gestiona el espacio, la verdad es la primera en quedarse sin sitio.