Ponga la otra mejilla, por favor, que le voy a abofetear de nuevo, sí, querido lector, si es usted tal vez cristiano, lo ha de aceptar, pese a mi caradura, mi mano dura y mi perfidia integral. Aunque nada dice el texto evangélico de lo que venga detrás, una tercera no parece que se haya de aceptar y, además, no podemos poner la mejilla de los demás, ni la de nuestros hijos; sería estúpido y antinatural. No es justo dejar que asalten a otros, que padezcan los buenos, los justos, y que se justifique a los malhechores. Una sociedad que favorece a los peores está abocada al fracaso, ya sé que decir esto parece tonto, innecesario o de sentido común, pero no tiene sentido ni es común que nuestro país haya sufrido así durante años este general oprobio. 

Antes de venir a escribir estas líneas paseaba, pero el Parque del Retiro, por donde quería esparcir mis huellas, se hallaba cerrado, como también el Jardín Botánico. Prohíben los parques cuando lluvias y vientos peinan los árboles invernales. Es “por nuestra seguridad”, dice el padrastro gubernamental evitando que una ramita o un árbol nos mate. ¿No sería mejor un letrero que avisara del peligro dejándonos libres, responsables? Nos roban la libertad, como en las carreteras con la velocidad. En cambio, que pululen malhechores cometiendo delitos una y otra vez, con grave riesgo de nuestra integridad personal o patrimonial no pareció peligroso.

El periódico gubernamental, El País, dedicaba inquietante titular a la aprobación de la ley multirreincidencia: “pese al rechazo de los socios progresistas.” ¿Es realmente progresista favorecer a los delincuentes para que sigan cometiendo fechorías? Muchos comercios han padecido ingentes robos continuos por culpa de nuestras leyes. Si le pillan a uno solo una multa habrá de pagar, si es que no se declara insolvente, salvo que repita tres veces. Algunos extranjeros se aprovecharon, blandura imbécil.

Cantan ahora en el Teatro de la Zarzuela dos piezas que se representan ensambladas en la actualidad: Goyescas, de Granados y el El retablo de maese Pedro, de Manuel de Falla, y es que cuando miramos con los ojos de Goya o los de don Quijote, nuestra sociedad sigue repitiendo patrones, tremenda, surrealista, loca, donde los extremos son constantes, y es que muchos siguen habitando en sus sueños sociales, confundiendo realidad y fantasía, como en la representación del teatro. 

Estafadores y ladrones lo tienen un poco menos fácil, aunque todavía sale muy barato delinquir en nuestro país, y esto lo favorecen los partidos de una izquierda que no ha perdido la mano en Lepanto, sino en el reino de fantasía, donde todos son bondadosos (menos los derechosos) y quienes son pillos lo son por culpa de un sistema imaginario: es la sociedad la culpable, claro, y no los individuos. Nadie quiere ser responsable.