Una infancia infeliz
Jorge Oteiza nació en Villa Endaia, en la localidad de Orio, el 21 de octubre de 1908, hijo del matrimonio formado por María Carmen Embil Giner y José Ignacio Oteiza Lasa. Se ha señalado en numerosas ocasiones el origen navarro de los antepasados de Oteiza, y seguro que es cierto. De hecho, en Navarra existen dos pueblos con ese nombre, y existen muchas personas con dicho apellido. A pesar de ello, lo cierto es que Jorge procedía de una familia arraigadamente guipuzcoana. Su padre era natural del caserío Olabezeta de Azkoitia, localidad en la que sus antepasados radicaban desde hacía ya varias generaciones, y la familia materna procedía de Orio. En una entrevista concedida hace años a la revista bilbaína “Pérgola”, Jorge proyectaba una mirada crítica hacia su infancia y hacia su propia familia. Sus padres, siempre preocupados por el hotel que regentaban. Los veranos en Orio, con recuerdos de violencia gratuita hacia los animales por parte de los niños del pueblo. Su abuelo, “alto, delgado y vacío”, que iba de bar en bar “dándoselas de bertsolari...”. En aquel mundo “ajeno e incomprensible”, según sus propias palabras, tan solo encontraba refugio junto a su tía Candelaria, persona con discapacidad que constituía su único referente válido, razón por la que pasaba horas sentado en el suelo, junto a su silla de ruedas, escuchándole contar historias del imaginario popular vasco.
Estudió en el colegio del Sagrado Corazón de San Sebastián, y posteriormente en el colegio de Lekaroz (Navarra), del que guardaba buen recuerdo, pues fue para él una etapa de crecimiento personal. Se volvió más extrovertido y sociable, y realizó actividades como teatro y boxeo. Tras la quiebra del hotel familiar en 1927 tuvieron que marchar a vivir a Madrid, y lejos de casa se acentuó su conciencia social, izquierdista y vasquista. Y cuando en 1928 su padre emigró a Argentina, él se tuvo que poner a trabajar como camarero, frutero y linotipista para pagarse los estudios. Finalmente decide dar un golpe de timón a su vida, abandona los estudios de medicina en tercer curso y se matricula en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. En esta época pasó por grandes dificultades económicas, teniendo que alimentarse de la “sopa boba” que administraban las monjas de un convento. Tras cumplir el servicio militar en Melilla (1932) decide viajar a Sudamérica en 1935, lo cual le servirá para sortear la Guerra Civil. Lleva allí una vida itinerante entre Argentina, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, dedicándose a la creación artística y a la docencia, y no regresará a Madrid hasta 1948. En su periplo americano, además, conoce a la joven Itziar Carreño Exeandia, guipuzcoana de origen como él, con la que se casa en 1938 y con la que no tendrá hijos.
Artista de talla mundial
Es en este tiempo cuando Oteiza se convierte en un escultor reconocido. A partir de 1950 diseña la fachada y el programa escultórico de la Basílica Nueva de Arantzazu, levantada por el navarro Sáenz de Oiza, aunque la obra no podrá ser ejecutada hasta 1969, debido a la prohibición de la jerarquía católica, que vislumbraba en ella mensajes subversivos. En 1951 gana el diploma de Honor de la Trienal de Arte de Milán, en 1954 obtiene un premio Nacional de Escultura, y en 1955 gana la Bienal de Escultura de Sao Paulo con su obra “Propósito Espiritual”. En 1959, cuando tiene 51 años y se encuentra en la cima de su carrera artística, Oteiza decide dar por concluida su fase creativa y abandona la escultura. La justificación de esta extraña decisión la dio él mismo en su trabajo “El final del arte contemporáneo” (1960), y se trataría de un acto de coherencia personal, puesto que consideraba que su evolución artística había llegado a su conclusión, y debía pasar a otro tipo de actividad, más teórica e intelectual. Durante los años 60 y 70 se dedica a investigar las manifestaciones populares del alma vasca, incluyendo el euskara, y en 1963 publica su obra capital Quosque Tandem...! (“¡Hasta cuando...!”) donde recoge su pensamiento filosófico y su propuesta estética. No es objeto de este artículo analizar las características técnicas ni la evolución escultórica de Oteiza, sobre ello hay ya mucho escrito. Nos conformaremos con decir que el guipuzcoano es hoy, sin duda alguna, uno de los grandes referentes del arte contemporáneo, y que su influencia ha sido enorme en el pensamiento y en la concepción misma de la escultura actual, tanto en el ámbito vasco como a nivel europeo y mundial.
Oteiza viene a Navarra
Con los precedentes expuestos, no hace falta subrayar la trascendencia que hay que conceder a la predilección que Oteiza sintió por Navarra. En 1975 se traslada con su mujer Itziar a vivir a una casa abandonada en la diminuta localidad de Altzuza, a tan solo diez kilómetros de Pamplona. Allí, encerrado en su mundo y centrado en su actividad intelectual, escribiendo poesía y trabajando en su célebre “taller de tizas”, crea en torno a él la imagen de anciano irascible y enfadado con el mundo. En 1992 dona a Navarra su colección de esculturas, el laboratorio de tizas, su archivo y biblioteca, germen de la Fundación Museo Jorge Oteiza, que será inaugurada tan solo un mes después del fallecimiento de Jorge, el 9 de abril de 2003, cuando contaba 94 años. Itziar, su compañera vital, había muerto antes, en diciembre de 1991. Fruto de la estrecha relación de Oteiza con Navarra debemos también considerar el hecho de que Pamplona pueda contar hoy en sus calles, plazas y parques, con un total de seis esculturas de este artista universal. El conjunto lo componen las obras “Unidad Triple y Liviana”, situada en la actualidad en el arranque de la avenida de Carlos III, “El Coreano”, emplazado en la plaza de la Libertad, “Retrato de un gudari llamado Odiseo” en la Ciudadela, “Monumento al prisionero político, homenaje al espíritu” en la plaza de Félix Huarte, “Momento Espiritual” en el parque de Yamaguchi, y “Homenaje a Sáenz de Oiza” en el campus de la UPNA.
El nuevo paseo de Sarasate
Con todo, la presencia de Oteiza en Pamplona se va a ver decisivamente reforzada con la reurbanización del paseo de Sarasate. Y es que su obra “Monumento al prisionero político desconocido” va a ser reubicada delante del edificio del Parlamento de Navarra, presidiendo el nuevo paseo. El traslado, que ha sido expresamente autorizado por la Fundación Oteiza y por Pilar Oteiza, sobrina y heredera del propio escultor, será una realidad antes de San Fermín de 2027. El origen de la obra se remonta a 1952, cuando fue enviada al Concurso Exposición Internacional de la Tate Gallery de Londres. En 2024, con motivo del concurso de ideas para el nuevo paseo de Sarasate, se dio libertad a los equipos concursantes para que incorporaran alguna de las obras de Oteiza presentes en Pamplona, y la mayoría de ellos, incluyendo el equipo del proyecto ganador “Isolíneas”, se decantaron por esta obra, elección que, como se ha dicho, fue refrendada y fiscalizada por la Fundación Oteiza y la familia del escultor.
Para el miembro del Partido Popular Jaime Ignacio del Burgo, sin embargo, la elección del “Monumento al prisionero político desconocido” no fue sino una muestra de la “astucia, doblez y perfidia” del alcalde de Pamplona, y considera que dicha obra es nada menos que “un símbolo escultórico que refleja la lucha etarra”. Así lo manifestó en una carta publicada en prensa en septiembre de 2025, que difícilmente puede recibir otro calificativo que el de alucinación febril, y en la que del Burgo, por no acertar, no acierta ni siquiera al citar el año de nacimiento de quien estas líneas escribe. La obra, que como se ha dicho fue concebida por Oteiza en 1952 para una exposición en Londres, es totalmente abstracta, y consta de dos elementos verticales, de más de cinco metros de altura, que dialogan en la distancia. A partir de ahí, y a la vista de la fotografía de la obra que acompaña a este artículo, cedo el turno a los avezados lectores de “Vidas Ejemplares”, para que reflexionen sobre si la asociación de ideas del exdiputado popular tiene algún fundamento o si más bien es consecuencia de algún tipo de insano delirio.