Quinientas misas
Al parecer, ese fue según el párroco Esteban Irigoyen, –E.P.D.– el equivalente simbólico a los días que los trabajadores de Salvat permanecimos encerrados en la parroquia de San Juan, en Estella. Así se lo trasladó al obispo de Pamplona, José Méndez (así nos lo recuerda Félix Prieto).
Como parte integrante de los encerrados, he de decir que yo no participé, ni en persona ni en espíritu, en ninguna de esas simbólicas misas. Ni especialmente en la celebrada este pasado sábado, día 21 de febrero. que sería la 501, que ya son misas...
No creo, mejor dicho, afirmo que la religión tuviera ninguna influencia en los hechos acaecidos, ni que la elección de la iglesia para realizar el encierro fuera motivada por ningún sentimiento cristiano, a pesar de que posiblemente la mayoría de trabajadores y trabajadoras pudieran profesar dicha religión católica, por otro lado; totalmente respetable.
En los días previos, la cadena COPE ha difundido la celebración de los actos, haciendo especial hincapié en la misa que se celebraría a las 12 horas de ese mismo día dentro de los actos previstos en la celebración del 50 aniversario, así como la participación radiofónica de dos trabajadores protagonistas de esos acontecimientos. Asimismo, todos los actos se han celebrado en dependencias parroquiales, y una concentración en las puertas de este centro religioso.
Pero no es en la nostalgia, ni mucho menos en identificaciones religiosas, donde debemos instalarnos. Por mucho que uno eche de menos la fuerza, la unidad y la claridad de aquellos días, el presente nos exige otra cosa. Hoy, los jóvenes –y también los no tan jóvenes– se enfrentan a problemas que no son menores: viviendas inaccesibles, salarios que apenas alcanzan para llegar a fin de mes, contratos precarios que impiden construir un proyecto de vida. No son buenos tiempos para regodearnos en el pasado, ni en el consuelo eclesiástico.
Ni los aniversarios, ni los recuerdos, ni mucho menos las misas, harán que las nuevas generaciones tomen conciencia de clase por sí solas. No basta con recordar, hay que transmitir, explicar, debatir, organizar. Porque mientras nosotros evocamos el pasado, otros llenan el presente con cantos de sirena que prometen soluciones fáciles y señalan enemigos equivocados.
El reto es claro: convertir la memoria en herramienta, no en reliquia. Hacer que la experiencia de lucha sirva para iluminar el camino de quienes hoy viven en la incertidumbre. Mostrar que los derechos se conquistan, se defienden y si hace falta, se vuelven a conquistar.
Quinientas misas, simbólicas o reales no cambiaron nada. Lo cambiaron las personas que estuvieron allí dentro. Y hoy, como entonces, la clave está en pensar, debatir, organizarse y luchar para lograr las mejoras sociales y salariales que nos corresponden.