El precio del silencio
En la radio sonaban las noticias sobre la irrupción de un guardia civil en el Congreso. En casa se hizo el silencio. Mi abuelo contaba que aquel día, durante el veinte cumpleaños de su hija, mi madre, las felicitaciones se apagaron de golpe. Algunas tiendas del barrio cerraron por unas horas y reabrieron con los precios más altos. El miedo, decía, también tiene precio.
Hoy ese recuerdo me vuelve cuando miro el valor del crudo.
La guerra en Oriente Próximo vuelve a marcar el pulso de los mercados. Trump comunica amenazas y bombardeos justo cuando la bolsa está cerrada. Irán, por su parte, también conoce ese lenguaje. El estrecho de Ormuz sigue siendo una de las arterias energéticas del mundo y cualquier interrupción altera de inmediato el valor de los recursos.
En este escenario, incluso el agua puede convertirse en un arma. Los países del Golfo dependen de plantas desalinizadoras para vivir, y sus petrodólares alimentan buena parte de la nueva economía tecnológica, crucial para el mercado estadounidense.
La guerra impone fronteras, sí, pero siempre fija precios.