Se acercan los Sanfermines y, con ellos, la celebración de ocho nuevos encierros. Ha pasado ya un año desde que los Miura pusieron el cierre a las últimas fiestas, y el recuerdo permanece, carreras rápidas, limpias… y una sensación creciente de falsa seguridad.

Tras la reunión de la Mesa del Encierro celebrada el 10 de octubre de 2025, en la que participaron representantes del Ayuntamiento de Pamplona, Policía Municipal y Policía Foral, las conclusiones oficiales parecían tranquilizadoras. El análisis de los encierros de 2025 invitaba, según sus responsables, a la calma. Aun así, el 29 de mayo se celebró otra reunión para plantear nuevas medidas que poco o nada aportan a los problemas de la carrera.

La masificación, el verdadero peligro

En determinados tramos del recorrido —especialmente a partir de la curva de Estafeta— el número de corredores supera ampliamente lo recomendable. Esto provoca bloqueos, descoordinación y serias dificultades para los servicios de emergencia. Pero hay algo aún más preocupante: la percepción del riesgo.

Quien observa el encierro desde fuera tiene la sensación de que “nunca pasa nada”. Esa falsa impresión convierte el recorrido en un reclamo turístico y anima a muchos a lanzarse a la carrera sin preparación ni conciencia real del peligro. El resultado es un incremento constante del volumen de personas que no corren, sino que estorban. La tragedia, si llega, no tendrá por qué venir provocada directamente por los toros, sino quizá por el exceso de gente en la calle.

La inconsciencia como norma

Cada mañana, decenas de personas entran al ruedo de la plaza para colocarse frente al vallado, móvil en mano, esperando una imagen. Si un toro se aproxima, en muchos casos ni siquiera reaccionan. No se apartan. No se protegen. Simplemente no creen estar en peligro. El ayuntamiento se plantea sancionar a quien se queda parado al acceder a la arena. ¿Cómo puede llevarse a la práctica esta medida? ¿Qué mensaje está llegando?

Resulta inevitable recordar el caso de la mujer neoyorquina de 62 años que, en el último encierro de 2025, fue pisoteada por los Miura en la zona del vallado de Telefónica. Aquella caída le provocó una lesión en las vértebras lumbares. Se encontraba en un punto hacia el que los toros se dirigen con frecuencia por pura inercia de carrera. Este tipo de conductas no son anecdóticas, son el síntoma de un problema más profundo. La peligrosísima inconsciencia es, en buena medida, consecuencia de no comunicar con claridad una realidad: en el encierro se puede morir o quedar gravemente herido.

La paradoja de la seguridad

Las estadísticas reflejan una disminución de heridos por asta de toro. A simple vista, esto podría interpretarse como un éxito. Sin embargo, es también consecuencia de una “dulcificación” del encierro, carreras cada vez más rápidas, manadas más compactas y un pavimento antideslizante que limita las caídas y evita que los toros se dispersen. Paradójicamente, esta aparente seguridad refuerza la idea de que el riesgo es bajo. Y no lo es.

El deterioro del comportamiento en carrera

Hay otro problema menos visible pero igualmente preocupante, la actitud de algunos corredores. En tramos como Estafeta se repiten escenas de empujones, agarrar las astas, toques al lomo o incluso intentos de frenar a los toros para ganar posición. Estas conductas, además de peligrosas, están expresamente prohibidas por el bando municipal. Sin embargo, en 2025 solo se impusieron dos sanciones en todas las fiestas. La falta de control no solo aumenta el riesgo, sino que envía un mensaje claro: todo vale.

Un espectáculo que pierde su esencia

El encierro no es solo una carrera. Es un rito con una lógica, un respeto al animal y una ética del corredor. Cuando se pierde ese equilibrio, el espectáculo se degrada. La imagen que se comunica, alimentada también por las retransmisiones en televisión que priman el tono festivo y desenfadado, refuerza la idea de que el encierro es un juego. Y no lo es. Los toros dejan de percibirse como animales bravos y pasan a ser un decorado en movimiento. El riesgo se banaliza. La emoción se diluye.

¿Hacia un punto de no retorno?

Cada vez es más frecuente escuchar a aficionados veteranos afirmar que ya no ven el encierro “porque nunca pasa nada”. Es, quizá, el síntoma más claro de que algo se está perdiendo. El encierro de Pamplona corre el riesgo de convertirse en un atropello masivo, no solo de toros sobre corredores, sino de la esencia de la propia tradición. Y lo más preocupante es que el sistema actual parece diseñado para seguir funcionando… hasta que ocurra una desgracia grave. Ese día, el debate ya no será cómo mejorar el encierro, sino si puede seguir existiendo.