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Odiar

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Odiar no es difícil y propagar el odio tampoco. Siempre ha sido relativamente factible difundir en la colectividad ideas falsas o ciertas sobre algo o alguien para convertirlo en estímulo y así, generar animadversión o rechazo hacia él o ello. El odio, la animadversión y la hostilidad, entre otros, son sentimientos que se encuentran en el universo emocional de la rabia. Esto indica que provocar ira hacia alguien es una cuestión más emocional que racional, de ahí que la veracidad de los mensajes no sea necesaria. La rabia, cuando es sentida en una intensidad disparada, no es fácil de gestionar y puede desembocar en conductas muy indeseables, especialmente si se transforma en odio. Pruebas de ello son los cánticos contra los musulmanes en Cornellá, la agresión sufrida por una mujer trans en León, el asesinato de Samuel Luiz en La Coruña al grito de “maricón” o los numerosos ataques a indigentes o inmigrantes como gestos aporofóbicos o racistas. 

Goebbels, el propagandista nazi, ya dio una lección hace más de ochenta años de cómo manipular la opinión pública para satanizar a los judíos e incitar un odio enfermizo hacia ellos. No creo que sea necesario recordar las consecuencias de aquel siniestro momento histórico. Hoy, como dádiva de las redes sociales, la propagación de bulos sobre quien se pretende convertir en objeto de odio es masiva; si a ello se añade la falta de pensamiento crítico e irreflexión en los receptores, el caldo de cultivo para odiar y llegar a cualquier aberración similar a las citadas es el perfecto para aquellos que han decidió trasladar la acción política al entorno virtual. Quizá sea un acierto la implementación de programas y herramientas para detectar y erradicar los discursos de odio en la red, sin embargo, lo que se presenta como necesario es el cultivo del pensamiento crítico, así como la capacidad para la contrastación y el análisis de la información en la población. Sería un avance en la construcción de una sociedad mejor: más respetuosa y hospitalaria.