Visita del papa León XIV a España
“Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano”. El que recibe el pan de vida debe compartirlo con todos, ¡con todos! No es el pan que nos da el refugio para el consuelo individualista; es el consuelo que se hace grito de vida contra la injusticia. Quien comulga con el cuerpo de Cristo está obligado a comulgar con los sufrimientos del pueblo, y no ofrecer el pan enmohecido de nuestro ego. Dichoso el que ha encontrado su voz y no la busca ya entre los ruidos del mundo. Tener voz. No la del ego. No la del poder. Sino la voz del que nace de nuevo cada mañana.
Dichoso el que ha encontrado su voz, pues ya nada le destruirá; ni las imaginarias sombras alargadas de nuestras cruces, ni el fuego abrasador y cobarde del viejo mundo. Dichoso el que ha encontrado su voz. Su propia voz. Porque el Evangelio no es una fortaleza que haya que asediar; es el milagro de despojarse de todo. De todo... Para ser sencillez. Para ser libre libertad. Para confiar, totalmente, en el Señor... Dichoso el que ha encontrado su voz. Como el hermano Francisco de Asís, que encontró la suya cuando ya no se justificó en nada. En ese vacío, en ese bendito silencio, Jesús pronuncia tu nombre.
Dichoso el que ha encontrado su voz. Voz del Padre. Voz del espíritu. Voz rotunda y subversiva que rompe las cadenas de tus manos. Y te ofrece las flores del Evangelio, que no dañan tus manos, y las entrelaza para ser testimonio de las manos misericordiosas del Padre. Dichoso el que ha encontrado su voz ante el hermano que sufre en las tinieblas, porque estas dejarán de serlo. Dichoso el que ha encontrado su propia voz, porque ha besado y se ha reconciliado con los leprosos de nuestra historia. Y así, que cada uno que reciba tu voz se la dé al otro, para ser todos: ¡Tu voz de fraternidad, de paz y bien! Así sea.