Yolanda Barcina, alcaldesa de Pamplona, avalista digital del candidato sustituto, y candidata por UPN a la presidencia del Gobierno de Navarra, está sentada en el interior de un autobús urbano y se interesa por las preocupaciones de un ciudadano varón: "Cuéntame", le dice. Se ve que tiene confianza con la gente de a pie. Cualquiera pensaría que se trata de un posado para las fotos de los carteles electorales. Deducción equivocada, falsa, errónea, malintencionada, perversa. Esa fotografía es un retrato de la vida corriente de la actual alcaldesa. Ya es sabido que un fotógrafo forma parte de su cohorte acompañante. Cualquier día, a cualquier hora, puede vérsela en el transporte colectivo de charla con los pasajeros. Siempre lleva un bonobús en su bolso. Eso sí, la foto estará captada en una parada larga, porque esa postura relajada sobre el asiento no aguanta un trayecto sin riesgo de caída. Cualquier día, a cualquier hora, puede vérsela sentada en un parque en animada conversación con una ciudadana: "¿Cómo estás?". O en diálogo con un ciclista urbano para pulsar la opinión de los usuarios del carril bici. Lo raro es que ese día ella no fuera con culote y casco. "¿Qué vida llevas?", pregunta Barcina. "Sobrevivo a algunos peligrosos tramos del carril", se intuye como respuesta. O aborda a un matrimonio paseante y les pregunta por su vida con modos de encuestadora: "¿Qué os preocupa?". Así que ha bastado con seleccionar unas cuantas instantáneas de su álbum cotidiano para ilustrar la propaganda de campaña. Están todas en la nueva sede regionalista, provisional hasta las elecciones. Planta baja. Cercanía. Luego, volverán a subirse a las alturas. Y quien no la haya visto en alguna de esas situaciones es que sale poco de casa o tiene un problema sectario de invidencia selectiva. Barcina es una dirigente que hace de la calle su despacho. Sin artificios, con llaneza. Lo mismo comparte camino de Javierada con peregrinos de la Ribera que se echa unos vinos en la Herriko Taberna de Arbizu. Lo mismo toma asiento en el palco municipal que anima la juerga en la solanera de la Plaza de Toros. Aquella vez que bailó disfrazada -fantasea- debajo de una pancarta de peña sanferminera fue por pudor. Por discreción. Recordemos cuánto le cuesta abandonar el adoquinado de la Plaza Consistorial, enquistada en el jolgorio anónimo de la muchedumbre, para dejarse ver en el balcón del chupinazo. Lo suyo es el trabajo eficiente y callado, con ejemplar austeridad en la dimensión de su equipo de asesores y cargos de designación directa. La serie fotográfica incluye una foto inédita con el policía municipal de baja por acoso laboral ("Cuéntame"), y otra con un pergamino que reproduce el reciente acuerdo plenario sobre su gestión: reprobada.
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