Conjeturas razonables: Yolanda Barcina (UPN), presidenta del Gobierno de Navarra; Juan Moscoso (PSN-PSOE), alcalde de Pamplona; Enrique Maya (es a UPN lo que Javier Torrens fue al PSN: un técnico sin plusvalía política), presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. Consecuencias de la fragmentación del panorama político foral, que puede encontrarse con seis siglas en el Consistorio de la capital y otras tantas, si no siete, en el Parlamento. Nada sorprendente. De las 7 legislaturas con 50 parlamentarios, la de 1987 tuvo 8 siglas en los escaños, 4 sumaron 6, y dos contaron con 5. Eso sí, la segmentación ideológica navarra apenas modifica su perfil histórico desde 1979. Sociedad estanca. La derecha foral y española -concentrada en UPN entre 1991 y octubre de 2008- ni sumará mayoría absoluta ni contará con el transformista CDN para alcanzarla. UPN y PPN volverán a donde solían: UPN, algo al alza (14 escaños es su máximo histórico en solitario); PPN (heredero de aquella AP), algo a la baja de su mayor representación con 8 parlamentarios. El PSN no se puede permitir la reedición del papel de comparsa cómplice, adicto al pesebre de los cargos. La floja sucursal navarra de un PSOE devaluado -débil para ser alternativa solvente, imprescindible para gobernar- quiere su parcela como titular de un poder ejecutivo institucional. Mano a mano con UPN. Roberto Jiménez no lo ve "inconveniente". Hasta su lema de campaña parece un guiño a Barcina: Si sumamos, ganamos todos. El criterio seguido en la selección de los respectivos cabezas de lista al Ayuntamiento pamplonés no fue baladí: un técnico sin pretensiones políticas conocidas, leal a los intereses de Barcina y flexible a sus maniobras, y un político joven, preparado y emergente, con miras internacionales, al que poder rescatar si los cálculos fallan. A una mala, también con el PPN. La fusión de intereses es siempre más sólida que la fusión de siglas. Podrían salir unas cuentas alternativas -adición del PSN, la izquierda y el nacionalismo-, pero la aritmética no garantiza el acuerdo. La dialéctica de campaña lo descarta: los nacionalistas rechazan un presidente socialista -venganza del escarmiento de 2007- y Jiménez adelanta que no aceptará "el apoyo ni la abstención de Bildu". Me gustaría verlo. El socialista Balduz salió alcalde con el apoyo de HB (1979) y las posturas de la izquierda abertzale fueron determinantes cuando estaba vigente, en última instancia, la proclamación de presidente foral por el sistema de lista más votada. En política no existe lo ridículo ni lo incoherente; sólo, lo pragmático. Más aún en estados carenciales como el diagnosticado a la salud del PSOE. Barcina/Jiménez, matrimonio de conveniencia. Conjeturas razonables. Temores fundados.
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