Habló el Rey para declararse maltratado por los medios de comunicación. Habló el Príncipe para regalar (chulería altanera) su minuto de gloria a una súbdita con pretensiones de ciudadana. Habló el presidente Sanz, en vísperas de usar el coche oficial para llevar a su hija de boda a la iglesia, para resaltar que los regímenes republicanos españoles del siglo XX terminaron como el Rosario de la Aurora. Habló el CDN para certificar su extinción como partido político. Y ha hablado el PSN con los restantes partidos y coaliciones del próximo Parlamento de Navarra. El Rey se encaró iracundo con periodistas acreditados ante la Casa Real, molesto con informaciones relativas a su salud. El monarca está acostumbrado a una confortable opacidad, al control rígido de los comunicados oficiales y de los discursos pactados, y a la ficticia campechanía de los corrillos informales sin grabadoras. El Príncipe, consciente de que en sus visitas a Pamplona reúne más protectores que admiradores, defendió su privilegiado puesto de trabajo ante una joven partidaria de afrontar en consulta popular la disyuntiva monarquía o república. Miguel Sanz, simplista intérprete de la Historia, omitió que Navarra fue cuna del alzamiento militar contra el legítimo gobierno de la II República golpe de Estado con fusiles y crucifijos y que la reinstauración de la Monarquía resultó consecuencia prudente y forzosa de aquél y de los subsiguientes cuatro decenios de dictadura. Pedigrí poco democrático. Negarse a revisar la Constitución es una cobardía. El CDN se dio de baja como partido político ante su progresiva inanición por falta de votantes. Su pujanza fundacional contribuyó a unas expectativas de cambio (el tripartito de 1995), que el PSN traicionó al ocultar a sus socios de gobierno la firma en cuenta suiza de su secretario general y efímero presidente de aquella experiencia plural. Los convergentes hicieron después vista a la derecha para apuntalar mayorías absolutas de UPN, hasta que otra nociva influencia del PSOE los dejó como minoría a la intemperie. El PSN, con un historial de dirigentes corruptos (lacra inolvidable del pasado), de sostenido decrecimiento de votantes (lo llaman incomprensión), de probada facilidad en la complicidad con la derecha (responsabilidad), y de frustración de alternativas (gobernabilidad), ha mudado el rostro afligido del fracasado por la sonrisa avariciosa del imprescindible. Roberto Jiménez se lamenta con cinismo de que ahora no sea posible la "mayoría suficiente" que NaBai e IU ya le brindaron en 2007: "Habría sido sencillo formar un gobierno alternativo", reflexiona en un insulto a la inteligencia ciudadana. Gobernar con la derecha no devuelve votos de izquierda. Demasiado enredo para final conocido. Mercenarios.