HOY es un buen día para hablar de Antonio Tabucchi, ese escritor italiano que parecía que escribía en portugués, referencia de la izquierda de su país, muerto el domingo en su Lisboa del alma tras regalarnos obras como Sostiene Pereira (Pereirak dioenez), La dama de Porto Pim (Porto Pimeko dama) o Pequeños errores sin importancia (Oker ttiki garrantzigabeak) que tradujera al euskera el olitense Fernando Rey. Es un buen día para hablar sobre Antonio Tabucchi, pero también lo es para hacerlo sobre Jack London, ese escritor estadounidense muerto hace casi un siglo, autor de obras mil veces versioneadas para el cine (Colmillo blanco, La llamada de la selva) y del que, hace menos de una semana, Ediciones Irreverentes acaba de rescatar una colección de relatos titulada Huelga general. En la narración que da título al libro de London, la clase obrera, harta de ser explotada por los capitalistas con la connivencia de políticos, jueces y policía, demuestra que no son los millonarios quienes crean riqueza, sino ella misma, y que sin los trabajadores la sociedad es inviable. Para ello, el autor muestra los estragos que una huelga prolongada causa en un club de amigos pudientes. Jack London fue en su juventud militante comunista. Huelga general es, por supuesto, una obra de aquellos años. La vida le haría luego mucho más escéptico y descreído sobre la posibilidad de redención del género humano. Al menos en Occidente, las condiciones de vida de los asalariados han mejorado ostensiblemente desde los tiempos en que London escribía. Pero flota actualmente en el ambiente una cierta sensación de que hay personas y organizaciones empeñadas en acabar con todas las conquistas sociales de un siglo. Se le pueden poner mil peros a la convocatoria de huelga del próximo jueves. Hay diez mil razones más para participar activamente en ella, y en eso creo que me darían la razón gente como London y el propio Tabucchi.