Como hay que leer de todo, me he interesado por la historia del tenedor. Así he sabido que la Iglesia rechazó su expansión llamándolo instrumentum diaboli. Lo mismo sucedió con la radio, y en el origen del chicle o el peine seguramente encontraremos similar censura. Por fortuna, o por Darwin, el ser humano tiende a evolucionar y desatiende a los agoreros. Hoy se considera una estupidez comer espaguetis con la mano y una desvarío condenar el condón. Mañana, más que enojarnos nos reiremos al oír que el obispo de Huelva, en 2012, prohibía a un divorciado presidir la Hermandad de Nuestra Señora de la Bella en Lepe, buen lugar para el chiste. Uno imagina cómo sería el mundo si su progreso dependiera de cenizos y pacatos.

Javier Krahe cocinó un crucifijo. Para algunos fue divertido, para otros- yo entre ellos - un acto de mal gusto y para otros un delito. Quizás un cruzado quisiera degollar al hereje, pero dudo que fuera una multitud. Asar el Corán con un refrito de jamón tendría peores consecuencias. Y dónde estaríamos entonces de hacer caso a los asustadizos, los bienquedas, esos contemporizadores de toda época que abogan por el empate. A veces no hay otra opción que marcar paquete o bajarse los pantalones. Y, si un vídeo sobre Mahoma lleva a muchos chiflados a quemar edificios y matar al prójimo, toca obrar conforme a la ley de la selva: si pegan a un colega, no preguntes y suelta patada voladora.

Y es que cuando el ayatola de turno amenaza de muerte a un vecino, sea yanqui ateo o egipcio copto, el enemigo no es la falta de tacto de éste; el enemigo es el fanático cuya fe parece importar más que la vida ajena e incluso la propia. Lo primordial no es reñir al autor de la blasfemia, sino enfrentarse a los que defienden ese medievo teocrático de hogueras y lapidaciones. Luego ya vendrá la crítica cinematográfica y juzgaremos si el actor recuerda al profeta Cat Stevens. Todo salvo mostrar debilidad ante la expansión del cuchillo.