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El parado patriota

No es necesario leer a Dubravka Ugre ic' para saberlo: la identidad es un juguete peligrosísimo en manos de políticos oportunistas, si se admite el pleonasmo. Basta mirar al mundo o a nuestra cocina. Surge una mezcla de miedo y vergüenza cuando un programa electoral destaca lo que al parecer somos o fuimos, y no lo que hacemos y haremos. Por eso es sencillo derrotar intelectualmente al nacionalista decimonónico, venga con su pistola o con su lira, con galones o con poemas. Y sin embargo resulta complicado enfrentarse al independentista moderno, ese sujeto gris que viene con la calculadora y la petición de divorcio. El problema de España no son las lenguas, son los números. No son las quimeras, es el BOE. El nacionalismo es un concurso de belleza donde cada Luis María Anson barre para casa y las más guapas son las de mi pueblo. El independentismo, en cambio, es una junta de accionistas en la que a la vista de las cuentas uno se pregunta si le merece la pena seguir en la empresa. Es un matrimonio fallido en el que no importa si yo te quiero mucho o poco. Tampoco importa si llevamos cinco siglos juntos. Lo que vale es que tú ya no me quieres y tienes derecho a rehacer tu vida. Da igual que inventes un poco el pasado, maquilles tus errores y magnifiques los míos, son las miserias de cualquier ruptura. El hecho es que prefieres no estar conmigo. No, el problema no es que Lluis Llach se considere solo catalán, sino que mil Estopas crean que vivirían mejor bajo otra bandera. ¿Usted qué se siente, español, andorrano o chiquistaní? Yo me siento en paro, y en lugar de emigrar quiero quedarme en un país más pequeño pero mejor. El problemón de España, en fin, es que cuando se cita la independencia ya no se adora el bucle melancólico sino la maquina herramienta. Y eso no se ataja con ataques de celos ni con clases de historia ni con pósters de la Roja. A eso se le responde con un Estado que funcione y un proyecto en común atractivo. Y ya ven.