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Casaputas y frontón

A la mañana lo dijo el ministro, y a la tarde lo confirmó el presidente. Wert expresó su intención de que los niños blaugranas y periquitos se sientan orgullosos de ser españoles y catalanes. Y Rajoy extendió el deseo del subordinado, pues pretende que "todo el mundo" se sienta orgulloso de ser español. Supongo que tal voracidad excluye a adultos chinos y húngaros. No hay riesgo en adorar la esencia cuando es universal. Así lo hacía el maestro en su ágora para la infancia: "¿Habrá algo más bonito que un día bonito?". Ni Platón ni Descartes: Torrebruno. Sin embargo es peligroso el onanismo patriótico elevado a objetivo institucional.

Y es que el sirimiri de ombligos empapa bastantes meninges, de modo que algún botarate llega a pensar que no hay nada como ser español, vasco o de Pamplona de toda la vida. Es algo tan absurdo como edificar un santuario en un picadero, toda una ideología en el solar de un mero polvo. Entre las ruinas de Pompeya destaca este grafito: "Yo follé aquí". Siendo una bobada contárselo a la posteridad, admitamos que el esfuerzo es suyo: él, o ella, fue quien chingó. Lo realmente estúpido es que la descendencia entonces concebida llene la clase, el ministerio y la presidencia con esta pintada: "¡Soy pompeyano!" Pues vaya mérito, chaval.

Los escolares no necesitan enorgullecerse de un gentilicio. Les basta la alegría lenta que aporta el conocimiento. Tampoco los profesores han de ser misioneros de ningún chovinismo. Más que la bandera urge fortalecer el respeto que merece su magisterio. En cuanto a los progenitores, sobre todo en zonas de bronca identitaria, les conviene que el aula sea un refugio apátrida. Sólo faltaría que esas incómodas dudas ambientales -¿aita, somos de Euskadi o de la Roja?- se potenciaran en la pizarra. Así que Wert y Rajoy mejor harían preguntándose por qué a muchos españoles de Huesca o Huelva hoy les da vergüenza serlo. Orgullo, no, vergüenza. Es poner la tele y querer ser maltés.