Cuidado con la gente
En el bar nos echamos las manos a la cabeza: ¡qué sorpresa, quién lo iba a pensar! Al parecer un chino dirige un imperio para el que trabajan diez mil chinos en trescientos naves donde se almacenan millones de toneladas de mercancía de contrabando, de origen turbio o fraudulento, importada de un país llamado China. Coja usted aire de nuevo: al parecer, siempre al parecer, esa ingente y variada cantidad de productos, desde el textil hasta el alimentario, es comprada a precios muy por debajo del mercado por cientos de comerciantes chinos que no tardan en venderla en diecisiete mil tiendas.
En la tele no dijeron que en bastantes de esos establecimientos imperan unas condiciones laborales ajenas al ámbito y hábito nuestros. Tampoco dijeron que cuando queda un local libre en la gran vía, avenida de la Constitución, calle mayor o plaza del pueblo en ocasiones un hombre de rasgos asiáticos, si me apuran hasta chinos, surge con un fajo de billetes y cierra el trato con una facilidad que desconocen los aborígenes. En el bar sí se dijo que nadie ha visto nunca el funeral de un chino ni el paseo de su perro, y así se arreglan los problemas aquí: con chismorreo y leyendas negras que reducen al infantilismo gravísimos asuntos de adultos.
Tras las noticias un tertuliano arremetió contra el uso generalizado del gentilicio, pues se criminaliza a una comunidad sumisa y laboriosa. Cómo igualar a mil millones de sujetos, y cómo hacerlo, claro, cuando al periodismo aún no ha llegado un colega que cobra diez veces menos y compite a menudo de forma entre desleal e ilegal con el gremio. Lo cierto es que infinitas peluquerías, restaurantes, ferreterías, papelerías, mercerías?cierran tras perder la batalla ante a un rival que juega con otro árbitro y otro balón. Claro que el pueblo nunca tiene razón y es pasto de la demagogia. Nosotros, la élite, ya sabíamos lo del mafioso. El peligro es que lo cuente la masa. Si esto no es clasismo, se le acerca un poquillo.