el otro día en Donostia una boda acabó a palos. Y como el periodismo odia los porqués sin brillo, se lanzó a buscar raíces profundas. La familia del novio era pucelana y la de la novia, vasca, leímos. González Ruano decía de los Sánchez Mazas: "¡Qué familia!, todos hablan mal de todos y todos tienen razón". Sin duda eso ocurre en muchos hogares, pero ningún catedrático ha demostrado que un distinto origen sea motivo genético de querella. Alguien prefería Benito Lertxundi y alguien, Paquito el Chocolatero, oímos. ¿Y? A Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, su guardaespaldas le dio a elegir entre Santana y Siniestro Total, y los gallegos le parecieron muy ruidosos. Siendo extraño el remilgo en un hombre dado al caos, más extraño habría sido alentar tanta violencia por un capricho melódico.
¡Ah! El vascuence, ese idioma raro y poderoso, he ahí la causa. Ninguna tesis doctoral prueba que el uso de dos lenguas dañe un cerebro ni un banquete. A mí me gusta lo que escribe Iban Zaldua en castellano y en euskara. Tampoco es verdad científica que el ser humano deba soltar los puños al escuchar un estribillo preindoeuropeo. Miren a Georgie Dann, mola desde el Pleistoceno. Fue cosa del alcohol, añade un reportero sesudo, dando a entender que al beodo tarde o temprano le llega la hora de los mamporros. Si ese criterio fuera válido, San Fermín sería Alepo y Arrabal habría zumbado a sus contertulios milenaristas.
A lo que voy: que aunque nos empeñemos, no hay razón ideológica que explique el despropósito. Sólo un botarate, da igual su patria, es capaz de arruinar así la boda de un amigo o amiga. Es el mismo que pegaría por un penalti o un semáforo. Y el problema no es el árbitro ni el tráfico. El problema es él y la bestia que lleva dentro. Necesita un médico, no un antropólogo. Pérez Galdos sentenció que la culpa de todos los males de España es del cocido, y en la noche loca se repartieron tortas, no garbanzos. De modo que tampoco fue la comida.