nadie podrá decir que le ha pillado de nuevas. La lacra llevaba años adquiriendo unas dimensiones mucho más allá de lo tolerable. Las líneas rojas hacía tiempo que habían sido rebasadas. Amaya Egaña no fue la primera, ni probablemente la segunda. A los suicidios, tradicionalmente, no se les da publicidad. Ha hecho falta que la eibarresa saltara al vacío para que llegara a sus oídos lo que en la calle era un clamor. Hacía menos de una semana que habíamos visto al ministro de Justicia dar su parecer sobre la posibilidad de reformar la actual legislación sobre desahucios. Sin pestañear, Ruiz Gallardón afirmó que entendía el sufrimiento de mucha gente al quedarse sin hogar, pero que lo importante era que fluyera el crédito. No se enteraba, el pendejo. No se enteraba él, y no se enteraba su gobierno. Ni el partido que lo sustenta, el PP. Tampoco la principal fuerza de la oposición, el PSOE. Ni muchos jueces, aunque algunos sí. Ni casi ningún obispo. Ni por supuesto esa banca avariciosa y sin entrañas a la que a manos llenas llegaba el dinero de todos. Tampoco aquí, en Navarra, podrá nadie sacar pecho al respecto. Ni Gobierno ni oposición. Ni, salvo excepciones, la judicatura ni la Iglesia. Poco más ha habido, muy poco más, que la denuncia y la labor de colectivos considerados por las instituciones como marginales y antisistema a los que, una vez más, los hechos han acabado dando la razón. Ayer, la banca acordaba paralizar los desahucios en casos "de extrema necesidad", sin retroactividad sobre los ya ejecutados. También ayer, los dos principales partidos del Estado se sentaban para hablar sobre el tema. Parece que algo saldrá de todo eso. Ya es demasiado tarde; que no sea demasiado poco. "Asesinos", reza la pintada que aparece estos días en la puerta de algunas sucursales. Hay cierta hipérbole juvenil en la expresión, pero se parece bastante a lo que piensa la gente. Mucha gente.