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Vente a Alemania, Iker

Pasó en una cafetería inglesa, y me temo que la historia se repite en media Europa. Tres borrachos pidieron platos combinados, y la camarera apuntó sudando la comanda. Sudaba por la calefacción y, sobre todo, por el terror de estar entendiendo mal. Se giró camino de la cocina y el trío hizo varias bromas sobre su culo. Al cabo de un rato volvió con las hamburguesas y, en efecto, se había confundido. Los clientes lejos de enfadarse se rieron y le preguntaron de dónde era. Spanish, respondió. Ellos le comentaron lo fatal que está España -gracias por la noticia-, que aquello estaba invadido de españoles y, cuando se retiró, el más viejo añadió: yo me he dado cuenta porque ya nunca me ponen las pintas como antes.

En seguida pensé en la otra media Europa, la que nos toca. La de veces que uno habrá oído eso de que con tantos extranjeros ya nadie tira la caña igual. La de veces que uno habrá sido testigo de pequeñas vejaciones cotidianas, qué calientes sois las mulatas y qué poco de fiar los rumanos. La de veces, sí, que quien servía el café era un Machupichu al que se le podía soltar que su país es una mierda gobernada por indios. Todo, claro, de buen rollo. Y entonces aquí y allá, hoy y siempre, se abre paso la sonrisa gris del humillado, esa expresión que trata de ser amistosa y resulta profundamente triste. Ya lo estamos sabiendo, pero otros lo sabían, y lo sufrían, mientras nosotros estábamos a nuestras cosas.

Y fuimos tan ilusos que solíamos aludir a los españoles de Suiza y Alemania a modo de comparación solidaria. A nadie se le ocurrió aclarar que la empatía que merece todo emigrante no es solo una herencia moral que recibimos del pasado. También es una lección necesaria para afrontar el futuro. Acuérdate de tus abuelos con la maleta de cartón, decíamos a los xenófobos. Hoy basta con que se acuerden de sus hijos, esos que friegan platos en un tugurio de Dublín. No hacía falta ser buena persona. Con ser práctica valía.