La lengua herida (I)
Asistí a una reunión sobre política lingüística en un pueblo donde el idioma habitual es el castellano. El técnico aportó cifras con fogosa voluntad, y así nos enteramos de que oficialmente casi la mitad del municipio sabe o "casi sabe" euskara. Tal vez sea verdad, aunque yo no lo creo. Lo indiscutible es que esa cantidad se compone en su mayoría de gente cuya lengua materna no es esa que hemos dado en llamar propia. El técnico se preguntaba enfadado y compungido, y de paso nos interpelaba, por qué con esos datos allí apenas se oye euskara en la calle. ¡Algo habrá que hacer!
A este tipo de encuentros acuden bastantes convencidos, así que nadie -bueno, sólo yo- le dio la respuesta obvia: porque, pudiendo comunicarse en su idioma de cuna, para ellos no hay razón de peso que los impulse a hacer el esfuerzo de hablar "el nuestro". Dado que el mismo técnico se maneja mejor en castellano, y aun así opta por hacer uso casi exclusivo del euskara, es evidente que él sí tiene esa razón que justifica el cambio. Sea afectiva, ideológica, cultural o laboral, su apuesta es tan respetable como la de quienes, a falta de tales alicientes, eligen el castellano. Bastantes ni toman esa decisión porque surge de modo natural. Y eso no significa odio a nada. Entre Fito y Marea, a ratos le dan a Ken Zazpi.
Se están publicando artículos sobre el asunto, y a menudo da la impresión de que los euskaldunes y semieuskaldunes, pues en esta estadística a Iturgaiz sí se le cuenta, sufren todos la misma agónica necesidad de vivir en euskara, vivencia que imposibilita la Administración. Siendo ciertas algunas injusticias gubernativas, que aquí se exponen y denuncian, toca asumir -otro dirá remediar- que muchísimos vascoparlantes hablan castellano porque les resulta más cómodo y pocas veces juzgan rentable el sustituirlo. No todo euskaldun es militante de su condición ni se siente aludido al oír "ya es hora de que nosotros, los euskaldunes..." Será su hora, no la mía.