Jon Alonso no habría encontrado mejores ingredientes para escribir un thriller o un guión para una serie del tipo Los Soprano ambientada en este rincón del mundo. Las biografías políticas y no políticas de los dos principales protagonistas presentan a dos personajes de todo menos planos. Uno, antigua joven promesa de la política local, que tras una siempre tormentosa relación con sus sucesivos correligionarios del terruño acaba por preferir lo que debía ser una mullida canonjía de la vida pública capitalina. Otro, viejo segundo de abordo del hasta el momento único presidente de comunidad autónoma del estado encarcelado por corrupción; un sujeto que, como el corcho, acaba siempre flotando para seguir detentando puestos remunerados en el tinglado financiero-político-institucional de la Comunidad Foral. Como telón de fondo, la CAN, lo que fue el motor económico de Navarra, reducida a puro nombre después de una época en la que sus gestores políticos y económicos, rivalizando en megalomanía, estulticia e inmoralidad, la convirtieran en una cueva de Alí Babá, con su cohorte de ladrones, vividores, pazguatos y encantadores de serpientes. Desconozco las razones por las que Santiago Cervera se tomó tan a pecho la denuncia de lo sucedido en estos años en esta institución. De llegar a lo que se intuye en la parte sumergida del iceberg dudo que saliera bien parado el régimen del Amejoramiento. Ése que apoya el que hasta ayer fuera su partido, el PP, quien, por cierto, tan tibiamente le ha defendido al surgir las primeras noticias del desaguisado. Cuesta creer que un personaje con tantas tablas como Cervera acabe cayendo en la trampa que -parece- le han tendido en la muralla del Natación. A priori, se diría que alguien temía que pudiese ir más allá en sus críticas y denuncias. Él asegura saber las razones por las que ha sido elegido como víctima. Ardemos por conocerlas.