Ven y olvídalo
lo recordaba el hijo del farmacéutico durangués José María Urquizu, asesinado por ETA en 1980. Cuando mataron a su padre él estudiaba Bellas Artes, y en aquella época reinaba el hielo: "¿Solidaridad, cariño en la universidad? Nada, nada de nada, peor que nada. Vino más de una vez Jorge Oteiza, que se pavoneaba diciendo que había que echar a los extranjeros, los catalanes que fundaron la facultad, y que tenía un comando de ETA listo para expulsarlos. Y como no todo el mundo se ha portado siempre igual, te cuento que Agustín Ibarrola, entonces mi profesor, no sólo no me dijo una palabra del asesinato de mi padre, sino que le reía las gracias a Oteiza. Y conste que lamento lo que le pasa ahora."
ETA había enterrado ya a 260 personas y aterrorizado a miles, y aun así actitudes como la del artista vizcaíno, más tarde amenazado, eran muy comunes. Sería, pues, injusto centrarse en él. No todos los "nosotros, los demócratas" han apostado siempre por la democracia, ni toda la sociedad ha obrado siempre de forma empática y compasiva con las víctimas. Pocos despertaron y vieron al dinosaurio a tiempo. Sin embargo se ha regalado tal cantidad de pedigrí épico, que ya es posible enriquecerse en esta crisis: comprar ayeres por lo que en verdad valen, y venderlos luego por lo que aparentan.
Asombra -no, ya no asombra- que la elección de Jonan Fernández como responsable de la Secretaría de Paz sea tan polémica. Recuerdan que fue concejal de HB hace 25 años, y olvidan que desde hace 20 ha mostrado su rechazo a la violencia. Exedil, subrayan, como si el paisaje no estuviera sembrado, o minado, de exmudos, excómplices y exterroristas. Está claro que no importa el qué sino el quién, una vez impuesto el cuándo: cuándo había que alzar la voz, cuándo hacer borrón y cuenta nueva. Hoy deciden el cómo: cómo aplicar una inquisición retroactiva de forma que no manche su biografía ni la de los suyos. Porque hay vidas memorables, sí. Pero abundan las desmemoriadas.