Tienen mucho en común. Más de lo que perece. De Alonsotegi, localidad natal del lehendakari, a Portugalete, pueblo de adopción de la lehendakari, hay poco más de 10 kilómetros. De no mediar Ganekogorta y Barakaldo de por medio, casi podríamos decir que desde la casa del joven Urkullu se podía divisar la de la joven Barcina, y viceversa. Son casi de la misma generación. Ella del 60. Él, del 61. De chavales podrían haber coincidido en las magdalenas de La Arboleda o los sanramones de San Salvador del Valle. En Pagasarri ya no creo. A Urkullu es fácil imaginárselo con la makila en la mano, dirigiéndose a una romería de acordeón y pandero (otra cosa es que arrimara). Evocar a Barcina en la misma situación se antoja difícil, pero todos tenemos en el pasado cosas de las que preferimos no acordarnos. Más probable es que, en verano, sus miradas hubieran coincidido en La Arena, en Muzkiz. O en el Puente Colgante, yendo o viniendo de las playas de Ereaga o Arrigunaga, en Algorta. Voluntaria o involuntariamente, ella ha aparecido siempre como una mujer de hielo. Él, merecido o no, desprende una imagen de hombre inexpresivo y taciturno. No están en sus mejores momentos como mandatarios. Sobre todo ella, con un gobierno y una comunidad paralizados por la falta de consenso político, aunque él, con malísimas noticias económicas y laborales encima de la mesa, tampoco esté para echar cohetes. El otro día, sin embargo, viéndoles pasear por Sarasate, se mostraban distendidos y sonrientes. Estaban ahí para las cámaras, pero no parecían actuar. Sólo les faltaba meterse por Comedias y pedirse un pimiento y un marianito para seguir el buen rollo. A algunos, todo eso les ha puesto de los nervios. A mí, me gustaría pensar que, simplemente, se acababan de dar cuenta de la cantidad de cosas que tienen en común y de los muchos temas de los que, si no son ellos, los que les sucedan, tendrán que acabar indefectiblemente hablando.