Francisco de Jaso y Azpilcueta se podía haber quedado aquí y convertirse en cabecilla de la causa. O hacer lo que hicieron la mayoría de los de su bando incluida su propia familia: agachar la cabeza y sacarle partido a la nueva situación. Como ahora, también antes, si eras poderoso y de alta estirpe no estaba tan mal eso de ser español (a los pobres les daba igual). No hizo ni lo uno, ni lo otro. Puso pies en polvorosa. Primero a París. Luego a Italia y Portugal. Y finalmente a ultramar, la India, Malaca, Japón. No volvió jamás al lugar que le vio nacer. Hoy, probablemente fliparía de saber que la fecha de su onomástica ha sido elevada al altar civil y convertida en Día de Navarra, una tierra por la que casi ningún detalle en su biografía señala que sintiera especial aprecio. Yo su marcha de aquí la imagino como una fuga. Alguna de las dos Navarras que ya existían por aquel entonces debió de helarle el corazón. O tal vez fueran las dos. Prefirió dejar el terruño, y dedicarse a recorrer el mundo en una época en que eso sólo se podía hacer tirando de arcabuz o blandiendo el hisopo. Eligió esta última, más limpia, aunque no siempre menos destructiva, y la puso al servicio de un rey que ni le iba ni le venía como pasaporte para su ser errante. Si volviera a nacer, el Xabier o Javier -o Xabierra, o Javiera- del siglo XXI, harto de esta provincia de mangutas, mentirosas, desmemoriados y mequetrefes, volvería a tomar las de Villadiego al grito de "ahí os quedáis, cabrones/as". La misma ruta del misionero del XVI valdría también para la fuga: capitales europeas para abrir boca y continuar hasta el último confín del mundo. Yo me lo imagino en Goa, pero no en un templo, bautizando infieles, sino en la inmensidad de la playa, contemplando el Índico al pie de una palmera, con un largo y oloroso cigarro en la mano, mientras se dice: "No me pillaréis".