Barcina protagonizará hoy su intervención más esperada como presidenta de Navarra, cuando comparezca ante la comisión del Parlamento que investiga las denuncias realizadas por la exdirectora de Hacienda, Idoia Nieves. Aunque día a día aumentan los rumores que le auguran un próximo retiro en alguna canonjía madrileña, no hace falta ser un lince para saber que Barcina morirá matando y que no abandonará el campo sin dejarlo como un erial. No lo tiene fácil, pero intentará competir en presencia, sobriedad y seguridad con esa rana que le ha salido donde ella veía una posible consejera. Barcina, como sus mandados de ayer, también habrá estudiado su papel con asesores y portavoces de confianza. Se esforzará para que no aflore su talante de dominatrix arrogante y presentarse ante la opinión pública como una pobre víctima de la conspiración vasco-masónica. Es probable que eche mano de las novelas de terror que estos días pululan por la prensa madrileña, a las que también se ha apuntado el Diario de Navarra. No renunciará a nombrar a ETA mientras sus ojos se clavan en el portavoz socialista, un segundo antes de advertir de las funestas consecuencias de una moción de censura para la economía navarra, la unidad de España, el calentamiento global y la crisis ucraniana. Todavía conserva la esperanza de que a la cúpula del PSOE le acabe por temblar el pulso y vuelva a la cómoda aska de la razón de Estado. Ello supondría el hundimiento de cualquier expectativa electoral para el PSN y la muerte política de Roberto Jiménez, pero no sé si ese pequeño detalle le quita el sueño a Rubalcaba. Un dulce final, en cambio, para la todavía presidenta, que se permitiría la pequeña satisfacción de acabar la legislatura, antes de irse para siempre de esta tierra a la que se nota íntimamente detesta.