Teodora vive en la calle San Nicolás de Pamplona, donde nació hace 75 años. Me cuenta que desde hace años no duerme bien. Y no porque tenga insomnio, habitual a esa edad, no. En su calle de toda la vida, en tiempos de txikiteo popular y hoy convertida en la milla de oro del pintxo-pote global, funcionan diez bares nocturnos que operan de jueves a domingo. Bares castas, pamplonautas y ejemplares de día, pero discotecas tuneadas de noche que escupen decibelios contaminados de ruido. Esos días, a partir de las doce de la noche, Teodora y sus vecinos ya no duermen. Soportan una calle atestada de gente que disfruta a muerte de un ocio nocturno sin compasión por la vecindad. Pero a Teodora, esa alegría desmedida no le redime su angustia.
Y es que el casco viejo pamplonés padece una sangría comercial sin precedentes pero una euforia hostelera sin confines Nadie sabe a qué responde esta política de colonización bar-tabernaria y deslocalización comercial. Teodora y los vecinos de otras calles, aguantan una saturación acústica nocturna que destroza sus vidas y sus noches. Esta vecindad militante, que apuesta por vivir aquí, siente que este ya no es lugar para vivir. No al precio de perder los nervios y la salud. Dice esa vecindad que le cuesta hacer oposición ante ese ruido invasor. Y lo padecen en silencio sin transformarlo en la fundada protesta que se merece. Sienten que nombrar este problema -el suyo- les convierte en vecinos incómodos e insensibles al buenrollismo, al ambientismo de barrio y su necesaria revitalización. Dicen que esta es la hipoteca vitalicia que impone un modelo de barrio escupidera de la ciudad que ya no se reconoce en el espejo brillante de su historia.