Ha sido un fin de semana pleno de emociones. Un sábado de banderas tricolores al viento seguido de un domingo de manos entrelazadas con fondo rojo-verde-blanco. Días históricos, tanto el sábado como el domingo. Tanta gente y tan diversa. No veíamos algo así desde los primeros 80. Queremos decidir. Así de sencillo. Queremos decidir si Monarquía o República. Si España o Navarra (o Euskal Herria, o lo que sea). Parece complicado, pero es simple. O quizás parezca simple, y a la postre resulte complicado. Ayer era lunes. Los que tenemos trabajo volvimos al tajo y los que no lo tienen volvieron a mortificarse por ello, y unos y otros volvimos a salir a la calle, solos ahora, sin pancarta a la que seguir, sin manos que estrechar. Porque después de haber hecho un poco de historia y elevarnos a la estratosfera, tocaba aterrizar en la realidad de esta pétrea tierra. Y es que, a lo mejor, el sábado y el domingo parecíamos muchos, pero tal vez no éramos tantos. Tal vez eran más los que miraban con inquietud desde aceras y ventanas. Porque está muy bien eso de salir del armario republicano. Está perfecto eso de inocular ilusión y ganas entre los que, desde aquí, contemplamos envidiosos a nuestros primos catalanes. Pero cuidado, no acabemos alborotando el gallinero foral. No acabemos encontrándonos con lo que no queremos. Porque aquí, a pesar de manos y banderas, Maléfica sigue de dueña y señora del castillo, acojonando al personal con v la llegada del Apocalipsis si ella o los suyos no siguen mandando. Todo lo de estos días quedará para el recuerdo. Ojalá el futuro vaya por ahí algún día. Pero sería bueno empezar a dejar un poco de lado lo mejor para centrarnos en lo bueno. Que un año se pasa volando y que, quizás lo haya dicho ya, Maléfica continúa en el castillo.