los ricos también palman. Y no a edad excesivamente longeva. A Emilio Botín, el cappo del Santander, la semana pasada le faltaba un mes para cumplir los 80. Era de la misma quinta que Isidoro Álvarez, el padre padrone del Corte Inglés, fallecido el domingo también con 79 primaveras. Un pequeño consuelo: la Perca, única institución realmente democrática, se cepilla igual a desgraciados sin más relación con el banco que la hipoteca que a gente con cuentas corrientes mareantes. Sí varía el tamaño de los obituarios. De Botín hemos leído y oído estos días elogios sonrojantes. Había que escarbar entre líneas o acudir a Internet para contar las veces que oportunas intervenciones políticas y judiciales le salvaron de diferentes causas por corrupción, evasión fiscal o falsedad documental. Inmensamente rico e inmensamente influyente, si le hubiera interesado la política habría sido como un Berlusconi de bragueta cerrada. Nunca le hizo falta. Tanto con el PP como con el PSOE mandaba prácticamente lo mismo sin necesidad de pasar por el engorroso trámite de las urnas. Barcina, no podía ser menos, lamentó su fallecimiento. “Un gran conocedor de Navarra”, dijo de él nuestra presidenta. También Isidoro Álvarez debía de serlo. El dueño del Corte Inglés poseía mayor fortuna personal que Botín, y una capacidad de influencia, aunque menor, nada despreciable. Por obra y gracia de la entonces alcaldesa, Pamplona se le abrió de piernas para regalarle en unas condiciones que ni en bienvenido Mister Marshall el solar que debía de haber acogido a la Biblioteca General de Navarra. Es de imaginar que el finado habría sabido ser agradecido. A Doña Yolanda todavía no le hemos oído glosar la figura del tendero mayor, pero la procesión irá por dentro. Eran muchas las cosas que Barcina y él compartían.