Fui de las últimas generaciones que conocieron de primera mano el sistema educativo franquista. Recuerdo de él plúmbeos libracos que nos hablaban de una realidad lindante a veces con el puro delirio. Con respecto a algunos de ellos, las aulas se dividían en dos: las personas normales no nos creíamos lo que leíamos; los otros, indigentes intelectuales fronterizos con la oligofrenia, tomaban el bodrio por su realidad literal. No tengo duda alguna de a qué grupo pertenecía José Iribas -actual consejero de Educación y casi quinto mío-? en sus últimos años de bachillerato. Lo delata el maléfico poder que atribuye a los libros de texto para introducir ideas no contrastadas en las tiernas mentes de niños y adolescentes. Con la cantidad de asesores que paga el Gobierno de Navarra, nadie le ha explicado a este pobre hombre que la escuela solo contribuye a formar lo que es el 13% del bagaje intelectual humano y que para el chaval o chavala lo que oiga en casa o a sus amigos va a pesar mucho más que lo que muestren unos tristes mapas. Truena Iribas porque 22 productos editoriales “no respetan la realidad institucional de Navarra”. Ilustra su denuncia enseñando a la cámara el mapa de un libro de la asignatura de Lengua Vasca y Literatura, donde aparece algo tan poco pertinente como los lugares donde se habla la lengua vasca. Eso que en euskara llamamos Euskal Herria. Si el Gobierno de Navarra se pone burro, puede que se acabe arrancando el dichoso mapa, pero que Iribas no cante victoria. Esos niños se van a acabar enterando igual: el Olentzero son los padres, y Navarra es Euskal Herria, sea la que sea su realidad institucional. El problema no es que haya libros que no respeten la realidad institucional de Navarra. Es la propia realidad de Navarra la que no está siendo respetada por nuestras instituciones.