“Unas pocas cosas que no nos gustan”. Este último domingo, en un acto de partido, Mariano Rajoy se refería así a la corrupción, la misma semana en que saltaban a las primeras planas la imputación del ex secretario general del PP, Ángel Acebes, y las últimas revelaciones sobre el clan Pujol. Eso, apenas quince días después de que el escándalo de las tarjetas opacas de Caja Madrid salpicara a más de 80 personas, vinculadas a un amplio espectro ideológico, desde IU al PP, pasando por los sindicatos UGT y CCOO. Aparte quedaban las últimas revelaciones en torno al Pokemon gallego, los ERE andaluces y cualquiera de los ya innominados -por recurrentes y aburridos- casos de la Comunidad Valenciana. Sin olvidar que una nueva denuncia señalaba directamente a Cospedal en Castilla-La Mancha. Pero nada, unas pocas cosas. Ayer, como si la realidad quisiera burlarse del presidente español, una redada policial implicaba a más de 50 cargos públicos y políticos en activo de Madrid y Castilla-León, vinculados casi todos al PP, con algún socialista de comparsa. ¿Y mañana? A saber. Seguramente no lo hemos visto todo. Aquí mismo ya se habla de tarjetas sin instrucciones de uso en los órganos de gobierno de la extinta CAN. ¿El aska rebosa mierda o todavía puede con más? Cuando se desborde, el apestoso tsunami no debería llevarse únicamente por delante un partido o una organización en concreto, sino al propio sistema. Pero tampoco eso está muy claro. Estos días nos recuerdan los medios la Tangentópolis italiana de los 90, una explosión judicial y política que acabó con una hedionda Democracia Cristiana y un podrido Partido Socialista. Paradójicamente, quien recogió la indignación ciudadana fue Berlusconi, el campeón de los corruptos. A ver si tenemos más suerte que en Italia.