Escribo estas líneas antes del cara a cara previsto para ayer noche entre el candidato de UPN y actual consejero del Gobierno de Barcina, Javier Esparza, y el cabeza de lista de Bildu, Adolfo Araiz. Desconozco, pues, lo que se han dicho, aunque algunas cosas me las imagino. De las nueve encuestas preelectorales referidas a Navarra del último año sólo cuatro dan a Bildu como clara segunda fuerza. En el resto son Geroa Bai, Podemos e incluso el PSN quienes se desmarcan del resto. Presentar, pues, como un mano a mano lo que es un partido a muchas bandas solo tiene sentido desde un claro interés político. La formación abertzale ha aceptado sin remilgos una maniobra que le eleva a una posición que los sondeos están lejos de avalar netamente. A UPN el debate le sirve para escenificar el dilema que presenta a los navarros como único argumento electoral: nosotros o el caos. Un caos personalizado en una formación heredera directa de aquella que apoyó el uso de la violencia para la consecución de objetivos políticos. “Lo malo que tiene el pasado es que nunca lo puedes negar” dice una canción de Café Quijano. Pero también le oí una vez a un político del PSN preguntado por qué no apoyaban algo que defendían no tanto tiempo antes, que “en política, 4 años son una eternidad”. La izquierda abertzale, con autocrítica pública o sin ella, ha dado pasos de gigante para dejar atrás el horror y el error de décadas anteriores. Conserva localmente tics de antaño -compañeros suyos de coalición pueden dar fe de ello- pero no es la misma, ni en el fondo ni en la forma. Está tan legitimada como cualquier otra para participar en tareas de gobierno. Cosa distinta es eso de liderar el cambio. Paradójicamente, cuanto mejores sean las expectativas de Bildu en Navarra, más lejos estaremos de un gobierno alternativo al de UPN. Esparza lo sabe. Y lo utiliza.