Parto de la premisa de que me gano la vida opinando sobre muchos asuntos que no viviré jamás y que, por tanto, solo seré capaz de conocer en la superficie. Los seres humanos somos así. En general opinamos más fácilmente de lo ajeno que de lo propio. La mayoría de nosotros deberíamos acumular una vida que durase mil años para juntando todo el sufrimiento que nos puede llegar a generar la vida en ese intervalo alcanzar la cantidad y la intensidad de dolor que han soportado los padres de Andrea en, no sé, una semana de las suyas. Ver el sufrimiento inútil, sin solución y tenaz que sufren las personas que más queremos es lo más devastador que hay. Verlo, además, en un hijo o hija -solo comparable a verlo en tu pareja, y posiblemente ni eso- confiere al hecho la categoría de inabarcable, por lo que deberíamos lavarnos la boca al hablar o desinfectarnos los dedos antes de escribir nada. Que hayan tenido que pasar por lo que han pasado es un macabro giro de la naturaleza. Que hayan tenido que pasar por lo que les ha hecho pasar la burocracia no tiene perdón. No tengo duda de que estos padres querían pasar de manera anónima por todo lo que han pasado, como les sucede a otros muchos en casos iguales o parecidos, pero a pesar de que su caso está estipulado por las leyes en vigor han encontrado escollos que les obligaron a tener que sacarlo a la luz. Esto es lo que no tiene perdón, por mucho que la opinión pública en su gran conjunto e instituciones políticas, judiciales y médicas les hayan arropado. Esto no tiene que ser así, esto no tiene que pasarle a nadie y no tendría que pasarle a nadie más. Poner un solo pelo de dolor más en los hombros de personas que saben más del dolor que 100.000 de nosotros juntos es imperdonable. Y solucionable. Su valentía al hacerlo público y ayudar a futuros casos similares solo nos deja ponernos de rodillas y darles las gracias.
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