Podemos, claro, remontarnos a cuando Aznar privatizó Telefónica y la dejó en manos de uno de sus amigos, podemos asegurar que esta clase de sectas empresariales formadas por unos cientos de personas -muchos expolíticos- que se reparten consejos de administración y asesorías son núcleos cerrados para la población de a pie, nos puede caer como el culo Barcina -o no-, no gustar nada su gestión en Pamplona y en Navarra o reprobar su hipocresía cuando dijo lo de las “puertas giratorias”. Por supuesto, podemos. Pero si finalmente ficha por Telefónica no debemos olvidar algo que no es que minimice esto, pero lo reubica: no es Miguel Sanz aceptado ser presidente -cobrando- de Audenasa-pública- y de empresas relacionadas con la ya extinta Caja Navarra. Si Barcina acaba en Telefónica va a ser, en primer y más destacado lugar, por mantener una relación sentimental con un íntimo amigo de César Alierta, presidente del conglomerado, y también integrante de ese núcleo de personas antes citado. Ni por su condición de exalcaldesa ni por su condición de expresidenta. Por ser pareja de. Obviamente, 19 años en gestión -aunque no te guste su gestión- otorgan alguna habilidad. Negar eso es estúpido, pero también lo es el hecho de que aquí no han primado sus antiguos cargos sino sus actuales relaciones. Y este es el pan nuestro de cada día, solo que aquí hablamos de un caso muy llamativo por la anterior condición del personaje, por el pésimo recuerdo dejado en buena parte de la población y, obviamente, por las cifras económicas de las que se habla. Pero a mí me resulta como contribuyente navarro mucho más indignante que expresidentes o exloquesea tengan acceso al retirarse a cargos florero remunerados y relacionados con la administración pública. Eso es lo que hay que controlar. Lo otro no está en manos de nadie. Solo de la integridad de cada cual, si queda de eso.