Síguenos en redes sociales:

Chema

Estoy viendo sus manos, con los dedos finos, las uñas siempre cuidadas, la blancura de las manos solo interrumpida en los dedos índice y medio de la mano derecha por ese color que se nos pone a los fumadores por nuestra manía de fumar. No sé por qué, pero no soy capaz de ver las manos de la gran mayoría de mis familiares -o de ninguno-, pero sí las de Chema. Quizá tenga que ver el hecho de que durante los casi ocho años que compartí tarea con él eran las manos que, junto con las de Javier, Patxi y Xabi, subían del piso de abajo las fotos recién reveladas, en aquel papel con recuadro blanco y en alguna esquina que no molestara su firma, impresa en tinta azul: Chema Pérez, también conocido como Don José María Pérez Cenamor, uno de esos seres humanos divertidos, brillantes, complejos y buenos con los que se tiene la fortuna de compartir trabajo en una vida. Chema era jodidamente buen fotógrafo cuando se ponía, capaz de sacar fotos en marcha casi sin mirar o de detener un instante de un partido de fútbol captando una imagen que contaba mucho mejor que tu crónica qué había pasado y cómo. Sin darle ninguna importancia. Y una bella persona, querida masivamente y acompañada por grandes amigos que, como Guren o Javier u otros muchos, le ayudaban a tratar de superar lo muy empinada que se pone la cuesta a ratos, en esta su Pamplona que recorrió de punta a punta millones de veces, fraguándose el respeto y el cariño de generaciones enteras de esta profesión. Era simplemente Chema, no había otro, el tipo de barbas que al fútbol le llamaba La coz, y que te podía hacer reír hasta que tosías aún más que él. A mi me llamaba la puta criatura y en este día triste solo quería acordarme de Pecas y sus hijos y su familia y los muchos amigos que tuvo y tiene en este edificio y en esta dura profesión, que ayer perdió a uno de los suyos, a uno de los grandes. Descansa, Chemos.