El abogado del chaval de 17 años que el miércoles agredió a Mariano Rajoy pidió ayer “preservar su identidad”, ya que, a todos los efectos, es un menor de edad. Llegó tarde el abogado, puesto que la carroña periodística española hacía horas que había mostrado numerosas imágenes del menor con el rostro sin pixelar, hacía horas que ya circulaban por internet sus iniciales, su cuenta de Twitter -donde consta su apellido- y la práctica totalidad de su corto periplo vital, sin ahorrar en detalles. Al margen de que darle una hostia a nadie no esté bien, sea este el presidente del gobierno o un manifestante pacífico al que ahostia sin descanso la Policía, a este chaval se le van a joder unos cuantos años de vida, sino es que se le jode en general su vida, una vida en la que el miércoles por la noche se metía la peor hez periodística tratando de contactar con sus amigos y amigas, suponemos que tan poco maduros como él o como en general hemos sido todos con 17 años, alucinados con las luces y el estrellato efímero, aunque sea por darle una hostia a un político o ver cómo lo hace un conocido o amigo. ¿El futuro del chaval? A nadie le importó una mierda, al menos en la inmensa mayoría de empresas periodísticas potentes de España. Debería existir una legislación preventiva, precisa y dura con los infractores cuando el derecho a la información se cruza tan claramente con el derecho a la intimidad de los menores, por criticables que sean los actos que haya cometido un menor. Este chaval lo es a todos los efectos y es obvio que buena parte de sus problemas se los ha buscado él, pero otros muchos -mentales, familiares, sociales, educativos, laborales, sentimentales- se le pueden multiplicar por cien por no haber sido protegido públicamente de sus propios actos. Es un guiñapo desnudo en mitad de la plaza del pueblo con los buitres danzando alrededor.