Si Barkos prefiere quedarse en el mensaje de que el trasvase de votos que han ido tanto de su partido como de otros -Bildu, PSN, IUN, el propio UPN- hacia Podemos no supone problema para el gobierno foral está en su derecho. De la misma manera, lo están quienes consideran que estos resultados apuntalan ese gobierno foral pero lo apuntalan más sobre unas patas que sobre otras, curiosamente sobre la única pata que no tiene responsabilidad ejecutiva aunque sí programática. Efectivamente, cinco meses son poco tiempo de gobierno para que se haya producido ningún voto de castigo, pero sí que se ha producido un voto si no de advertencia sí de declaración: lo básico del cambio está en el día a día de las personas, en su trabajo, en su vivienda, en su calidad de vida, en dar un giro notable a un sistema que en los últimos 4 años ha sufrido mayor crítica que en los 35 precedentes. Esa clase de valores han estado muy por encima de cuestiones identitarias que aunque solo hayan aparecido de manera simbólica o testimonial en estos meses sí que al menos para muchos ciudadanos -mejor o peor informados- han parecido copar en exceso la acción de gobierno. El gobierno tiene, por tanto, el claro reto de trasladar con hechos y también comunicativamente a la sociedad cuáles son sus prioridades básicas e ineludibles. Navarra -lo sabe Barkos y lo sabe cualquiera- no es ni mayoritariamente abertzale ni siquiera en un porcentaje mucho mayor que hace 10, 20 o 30 años. Quizá esta advertencia que no se puede considerar traspiés porque los escenarios son muy diferentes sirva, como dijo Koldo Martínez, para la reflexión, para que el gobierno se centre en lo que los ciudadanos ven realmente crucial. Porque aquellos que no lo vieron perdieron hace unos meses el poder y eso en una sociedad mucho más concienciada y cambiante que hace nada le puede pasar a cualquiera que esté a por uvas.