El día de Nochevieja, Maider Beloki, concejal de Cultura de Pamplona, tuvo la mala fortuna de mientras desaparcaba su coche golpear a dos ancianos que cruzaban por mal lugar. Hasta ahí, un mal trago para ella y por supuesto más para los ancianos, que parece ser que se recuperan, que es lo importante. Pero, como tal hecho, nada que no nos pueda pasar a todos. El tema es que, tras el accidente, la Policía Municipal no le hizo soplar, ya que no apreció ningún síntoma de que Beloki hubiese bebido nada. Seguro que era así, no hay por qué dudarlo. Lo irracional es que el protocolo en casos así -accidente con heridos- hable al mismo tiempo de obligatoriedad de efectuar la prueba de alcoholemia y también de potestad de los agentes para realizarla o no. Algo que es obligatorio no es opinable, ¿no? Bueno, pues, según el protocolo, sí, cuando lo más lógico sería no dejar al tino de los policías si alguien ha bebido o no. Esta situación no hizo sino levantar, como es lógico, toda clase de suspicacias por parte de quienes ni pasan ni van a pasar una a quienes actualmente gobiernan, ya sea la ciudad o la comunidad, pero también entre quienes -y me incluyo- estamos aburridos de observar cómo con determinadas cuestiones -y no me refiero a pruebas de alcoholemia, sino a todo en general- se tiene más manga ancha según quién esté implicado. De hecho, creí que el protocolo establecía la obligatoriedad sin excepciones de ninguna clase y por eso me parecía lo lógico que se sancionara a los agentes y que Beloki dimitiera. Cuando leí más en profundidad vi que sí que cabía que el agente valorase o no, lo cual, insisto, me parece un despropósito que solo puede generar diferencias, suspicacias, polémicas estériles e interesadas y la sensación en muchos ciudadanos de que hay dos varas de medir. Una igual para todos, sin valoraciones subjetivas, y a correr.
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