El exdirector de la CUN entre 1984 y 1997 Francisco Errasti remataba el otro día una carta en prensa hablando de la sanidad pública y privada comentando que “siempre he tenido -no solo ahora- una mezcla de lástima y admiración por quien ocupa la cartera de Sanidad, porque, además de ser una de las más importantes y con mayor presupuesto de todo el gobierno, es muy compleja, y sus decisiones afectan a toda la población”. Esto es esencialmente cierto y más que lo será desde junio, cuando -salvo casos concretos en proceso de diagnóstico o tratamiento-, los pacientes hasta ahora atendidos en la CUN pasen al SNS. Fernando Domínguez tiene por delante un reto enorme, más si cabe teniendo en cuenta la apuesta que él personalmente ha defendido de asumir con relativa soltura a 7.200 nuevas personas, amén de que la presión mediática durante estos próximos años no tiene de pinta de ser menor que la que ha sido en estos seis meses iniciales, más bien mayor. Y porque, pese a lo que diga el gobierno, hay más navarros en lista de espera a finales de diciembre que los que había a finales de junio, aunque su defensa sea decir que esto hay que mirarlo de modo interanual. Bueno, cada uno que lo mire como le dé la gana, faltaría más, pero hay más personas en lista de espera y en estos seis meses solo en uno de ellos ha bajado esa cifra. La persona que espera, espera, le importa un huevo las cuentas que hagan gobierno y oposición y qué clase de comparativas usa cada cual. Ha subido el número de personas y los días que se espera. No escandalosamente, de acuerdo, pero lo ha hecho. En unas semanas habrá presupuestos, ha pasado tiempo ya más que suficiente para engranar todo o casi todo y ahora ya no caben las excusas o el pasado. Las cifras, indicadores y mejora o empeoramiento de la sanidad pública navarra a partir de ya serán solo suyas y de su equipo.
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