Cuando uno dirige algo se puede acabar quejando al maestro armero pero en última instancia la responsabilidad de lo que ocurre bajo su mando es suya. Si diriges una ciudad y te encuentras con que varias decenas de padres y madres -y de profesores y profesoras- se desayunan con que a sus hijos les van a cambiar de escuela de 0 a 3 años y que, como es lógico, han montado en cólera ante la falta de información, el escaso tacto con el que se les ha tratado y la premura para elegir nuevo destino -y quizá sistema pedagógico para sus hijos-, hay que apencar con la responsabilidad, el revuelo y el daño y la manipulación a la que se somete una idea que de fondo es justa. Que exista una demanda clara -los datos del Modelo D así lo señalan- para que se incrementen las escuelas infantiles en euskera en Pamplona y que exista una discriminación de décadas hacia los que querían matricular a sus hijos en euskera y no podían ni cerca de sus domicilios ni casi lejos no impide que el ayuntamiento la haya cagado al no saber trasladar de un modo pausado, previo y argumentado su decisión o proyecto, en primer lugar a los implicados y luego a la opinión pública. Se suele decir que trates a todo el mundo como te gusta que te traten a ti o como te gustaría que te hubiesen tratado. Haber estado ninguneados o cuando menos minorizados no otorga ninguna carta blanca y, es más, repetir queriendo o sin querer los errores o abusos ajenos no suele servir sino para lo contrario de lo que se pretende. Dicen que fue el gerente de las escuelas municipales el que filtró la idea del equipo de gobierno antes de que este pudiese hablar con padres, madres y profesorado. Quizá sea así, pero lo obvio y final es que de un asunto tan crucial para los afectados se enteraron por la prensa. Y es que no solo hay que hacer las cosas bien, sino al menos saber al 100% quién se muere de ganas de que las hagas mal.
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