El asunto es saber si Umberto Eco sabía hacer un huevo frito. ¿Y un agujero en la pared para poner un cuadro? ¿Y encender una hoguera? Ésos son los conocimientos que cada vez me interesan más, no tanto si era una enciclopedia andante y un maestro del pensamiento y de la escritura, como leí ayer en Twitter, que se llenó de loas y alabanzas, seguro que todas ellas justificadas, aunque también con el punto de exageración que da el hecho de querer sumarse al homenaje a un intelectual total, eso que tanto viste, porque cuando haces pública tu pena o tu admiración por la pérdida de alguien así en el fondo pretendes demostrar algo: yo leía a ese tipo. Y lo entendía, ojo. Y si, por contra, aseguras que fuiste incapaz de pasar de la página 5 de El Péndulo de Foucault -como me pasó a mí-, vas de rancio o quieres asomarte al asunto aunque sea en el otro extremo, el de los aguafiestas que también quieren sacar pecho en la muerte de alguien al que no han leído o conocido, cuando nadie les ha invitado a la fiesta. Porque en eso se convierte la muerte de los famosos y especialmente de los famosos que han brillado por su cerebro, obra y talento, en una fiesta en la que todos queremos intervenir de una u otra manera, aunque sea haciendo el ridículo, como uno que escribió que justo cuando murió Eco, qué casualidad, lo estaba “releyendo”, que ya es el súmmum. No sé, el conocimiento y el talento están bien, pero están muy sobrevalorados. Lo contaba hace poco en una entrevista el escritor Ian McEwan, asegurando que su hermano es albañil y “ha sido muy feliz poniendo ladrillos. Uno no debe asumir que, si no es profesor de universidad, no se ha realizado”. Porque toda esta gente intelectual que sabe de todo y lo transmite todo tan brillantemente seguro que muchos días están hartos de su propia cabeza y se cambiarían por el primero que pasara, alguno que sepa hacer algo.
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