Una de las cosas que más me saca de quicio de los políticos profesionales es su incapacidad para asumir en el momento que hayan podido meter la pata. No tengo a Joseba Asirón por el clásico político profesional, pero en determinadas cuestiones se le está poniendo cara de serlo. Ayer, sin ir muy lejos, declaró que la ampliación del euskera en las escuelas infantiles es un paso adelante para adecuar la oferta a la demanda y rebatió numerosas piezas periodísticas vergonzantes que hablaban de “imposición” del euskera y toda la habitual clase de manipulaciones y retorcimiento de la realidad. Eso está bien, que el alcalde de Pamplona, se esté de acuerdo con él o no, defienda a la ciudad y explique que esto no es el Trípoli de los 80 siempre está bien. Lo que no entiendo es qué cuesta -al tiempo que se defiende la idea, los datos, la decisión, la normalidad, el derecho de todos- reconocer que la manera en la que se han hecho las cosas en esto de las escuelas infantiles no ha sido la adecuada. No entiendo qué clase de imposibilidad psicológica o física ataca una vez que llegas al poder para defendiendo lo que has hecho y más cuando tienes argumentos de sobra no eres capaz de visualizar que aunque hagas lo que hagas una parte de la población te va a poner a caldo lo más inteligente -amén de honesto, ya que el 95% de los ciudadanos no juega a la política y no es culpable de la utilización que se hace en un sentido u otro, sus quejas siempre suelen ser ciertas o al menos entendibles- es reconocer las deficiencias, algo que por ejemplo hizo ayer el grupo de Aranzadi, que también está tras la decisión. Básicamente porque es cierto que el modo ha sido bastante cutre, al margen de la campaña posterior, y reconocer algo e incluso disculparse -por la parte, no por el todo- es mucho más justo y valiente que no hacerlo y también un claro cambio con lo que había antes.
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