suelo leer con atención los sucesos estos que normalmente acaban bien en los cuales peregrinas y peregrinos en su gran mayoría extranjeros suben desde Francia por Ibañeta y en lugar de hacerlo por carretera cuando hay unas nevadas del carajo lo hacen por monte como si fuesen Urubko y una especie de manto místico les fuese a proteger hasta de su propia inconsciencia, esa que seguro que no les lleva si están en sus países a bañarse en el mar si hay galerna o a bajar un río en una piragua si hay riada, por ejemplo. Aquí, subir hasta 1.500 metros en días de nevada les parece puro trámite, cuando la zona es una ratonera, que en Arneguy puede hacer un sol del patín y cinco kilómetros más arriba está metida la niebla y la nube y perderse por ese monte es mucho más sencillo que no hacerlo. Pues nada, tira. Lógicamente, algunos se pierden o se ponen malos o ambas cosas y si no palman es por una mezcla de puro milagro y el currelazo que se suelen dar bomberos, forales, el grupo de montaña de la Guardia Civil, voluntarios, etc. El último rescate ha sido el de dos brasileños, hombre y mujer, que han salvado la vida de globo, especialmente ella, a la que localizaron ya muy entrada una noche que difícilmente hubiera superado en solitario, empapada, sin poder moverse y a varios grados bajo cero en mitad de un nevadón. El caso es que gracias al tesón organizativo y humano del equipo de rescate, está viva. Mi asombro llegó cuando le leí y oí decir a uno de los rescatadores que “gracias a un vecino de Burguete, que tiene una moto de nieve, hemos podido acceder al lugar y llegar hasta ella”. Alucino. ¿No usan motos de nieve para rescates en nieve, qué usan, barcos de vela? No sé si le harán -como deberían- pagar a la brasileña los gastos del rescate. Si lo hacen, que compren motos de nieve, coño, que no siempre va a estar en casa el samaritano vecino de Burguete.
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