Cada vez que vuelvo a Bilbao, con perdón, han cambiado de nombre a algunos bares y de estilo a otros. Busco una ración de tortilla y me ofrecen un catálogo de huevos. Pido un simple txikito y me envían a una tienda de souvenirs. Hace años visité el Centro Vasco de La Habana y allí me enteré de que existe una ensalada vasca. Ayer me refugié de la lluvia en un garito botxero que se anuncia como “Typical Basque: Pintxos & Tapas”. Este fenómeno lo padece desde hace décadas San Sebastián, y desde antes la Côte Basque. De Pamplona y su Big Week, qué añadir. Me ha salido natural el verbo padecer, y me pregunto por qué. ¿No son acaso más ricos, y al parecer más felices, mis paisanos desde que venden ombligo a los turistas? ¿Quiénes somos para exigir al pueblo que prefiera, como yo lo hago, esas barras donde aún ponen Hertzainak y no local ethnic music? A mí, la verdad, no me agrada esta iparraldización de hegoalde, y pronto quizás habrá pimientos de Lodosa y Gernika coloreando banderas, tal como hacen los de Ezpeleta. Pero a otros les disgusta la desaparición del imaginario español de los escaparates, y también les toca aguantarse. Arnaldo Otegi confesó a Julio Medem que “el día en que en Lekeitio o Zubieta se coma en hamburgueserías, se oiga música rock americana y en lugar de contemplar los montes la gente funcione con internet, será un mundo tan aburrido que no merecerá la pena vivir.” Sin embargo desde que abundan los kebas, el reguetón y el whatsapp la cota de suicidios no ha aumentado y el personal se divierte bastante. Es extraño un país donde lo conservador es revolucionario. O al revés, que ya ni me aclaro. Y ya ven: mi madre come kiwis.
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